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La institución de la navidad ha sido cuestionada por ciertos sectores evangélicos. Se le ha atribuido un origen pagano, se ha cuestionado la fecha con respecto al nacimiento de Jesús y  se la ha señalado como la fiesta por excelencia del consumismo capitalista, entre otras cosas. Sin duda, estos son algunos buenos argumentos para dejar de celebrar la navidad. Pero, aún así, lo cierto es que esta fecha no ha dejado de celebrarse por varios motivos: porque es una tradición cristiana, porque es una oportunidad de juntar a la familia, para predicar el evangelio; o, quizás, solamente por inercia.

Actualmente celebrar esta festividad se ha vuelto algo más que una oportunidad, se ha vuelto una necesidad. Si hay algo positivo que se podría rescatar de la pandemia que acabamos de transitar son dos cualidades que nos llevan a volver a pensar sobre el valor de la Navidad: en principio, en muchos casos, la sociedad ha revalorizado fuertemente las relaciones familiares. Y en cuanto a la vida cristiana, se ha vuelto a recobrar el valor central de “la casa” como lugar de culto, como espacio ritual.

Sin duda, la Navidad, tal como la conocemos, es una celebración cristiana que fue vaciándose de contenido con los años, pero que parece repuntar para ser un ritual hogareño, una cena festiva con el objeto de celebrar y recordar el nacimiento de Jesús.

También, celebrar la Navidad se ha vuelto una necesidad por el contexto posmoderno en el que vivimos, donde todo aquello que gozaba de cierta solidez, se está desvaneciendo, donde toda institución está sujeta a revisión y bajo tela de juicio. Es en este contexto donde el calendario litúrgico para las iglesias evangélicas está volviendo a ganar protagonismo. De pronto se vuelven a escuchar conceptos como el “primer domingo de adviento” y la “cuaresma”, palabras extrañas para el oído evangélico, palabras totalmente vinculadas al mundo católico, pero que siempre pertenecieron a la tradición cristiana universal.

En este sentido, el calendario litúrgico cristiano tiene en su origen el mismo fundamento del judio y se basa en el hecho bíblico de que Dios santificó los tiempos; por ejemplo en los casos de: 

  • Pascua: ”Este mes será para ustedes el más importante, pues será el primer mes del año”. Ex 12:2.
  • Luna Nueva: ”Cada primer día del mes presentarás, como tu holocausto al Señor”. Nm 28:11.
  • Día de reposo: ”Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora”. Gn 2:3.

Dios estableció tiempos especiales, llámense “fiestas solemnes” o “santas convocaciones”, con los que santificó ciertos tiempos que estructuran el calendario litúrgico judio. De igual manera, el cristianismo fue forjando su propio calendario, muchas veces a la par del judio, como en Pascua y Pentecostés, y en otras ocasiones diferenciándose, como en el Dia de Reposo, cuando se pasó de guardar el sábado al domingo, o con la celebración de la Navidad recordando el nacimiento del Mesías.

En medio de tanta deconstrucción teórica y destrucción de las instituciones tradicionales, el calendario litúrgico nos permite, como dice el Rabino Abraham Joshua Heschel en su libro “El shabat y el hombre moderno”, construir “palacios en el tiempo”. A diferencia de otras culturas, que construían palacios en el espacio, grandes obras y edificios con el objetivo de trascender, como en los casos de las pirámides de Egipto, el Coliseo Romano, o el Partenón, los judios, en obediencia al mandato bíblico, crearon “momentos sagrados”. Esto les permitiría a los judíos esparcidos por el mundo poder vivenciar sus tradiciones y fiestas en las diferentes geografías donde se asentaran.

Los cristianos también hemos construido estos “palacios en el tiempo” durante muchísimos años, en un principio con un calendario litúrgico de gran protagonismo e influencia en la espiritualidad de cada creyente, pero que posteriormente fue perdiendo fuerza entre los evangélicos. 

En medio de la posmodernidad, o modernidad líquida como le llama Bauman, en un contexto post pandemia, necesitamos urgentemente reconstruir esos momentos sagrados de tal forma que nos interpelen, que sean relevantes en la estructuración de nuestra vida espiritual y que nos contengan.

La Navidad es uno de esos palacios en el tiempo que necesitamos reconstruir. 

 

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