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Pueden resultar curiosos los neologismos del título. Pero requieren una explicación etimológica. Veamos, en primer lugar, la primera. Paleo es una palabra de origen griego que significa viejo, antiguo. Nos es familiar en la palabra paleontólogo, que refiere a quienes estudian el pasado, a partir de restos fósiles. Logos, es también de origen griego, y su significado es palabra o tratado, entre otras acepciones. Aquí la usaremos como simplemente palabra.  La segunda, es la palabra neo, cuyo significado es nuevo. Aparece en varias palabras compuestas y como prefijo: neologismo, neonatología, etc. 

Ahora viene la parte de la semántica, esto es, de los significados. ¿Qué significan en nuestro contexto evangélico, estas dos palabras “nuevas”? Vayamos por partes. Veamos la primera, paleólogo. Para usar fórmulas de los diccionarios, diré que: Paleólogo. Dícese de la persona que utiliza palabras antiguas, o viejas. Por otro lado, Neólogo. Dícese de la persona que usa palabras nuevas. 

Esto, aún, no nos revela nada. Nos lleva, obligatoriamente, a pasar al otro nivel, el de la aplicación.

¿Qué relevancia tienen estas dos palabras en nuestra manera de predicar el Evangelio? Como se nota, vamos depurando y limitando el campo.  

La Biblia es, en sí misma, la Palabra revelada por Dios a la humanidad. No es nueva ni vieja, es actual. En una materia de instituto bíblico, Introducción a la Biblia, se enseña que este libro, o biblioteca, según el significado original, se conformó en un lapso prolongado de tiempo, y fue escrito en diferentes regiones geográficas. 

Existe un movimiento pendular entre profetas y religiosos. Los primeros recibían palabra “nueva”, de parte de Dios. Los otros, se basaban fundamentalmente en las palabras dichas por otros profetas en tiempos ya pasados. No había tensión entre los religiosos y los profetas del pasado, pero sí había tensión con los del presente. Podemos resumir esta polémica, y digo polémica con el primitivo sentido de guerra, con los dos términos del inicio: paleólogos y neólogos. Los primeros eran, son, los que se rigen exclusivamente por las palabras del pasado, de los profetas, pero no los de su generación. Los segundos, son los profetas del presente. También fueron “neólogos” los del pasado, pero en su momento. Los que se adherían a estos profetas vivos, fueron los neólogos “pasivos”, si cabe la definición. Pero pasivos en cuanto no recibieron las palabras proféticas de primera mano, del Señor, sino de los profetas. Estos sí la recibieron directamente de Dios.

Pero, es necesario decir también que los profetas contaban con las palabras dichas por otros antecesores, profetas también, es decir, eran en un sentido primario paleólogos. Sin embargo, recibieron palabra fresca del Señor, de Jehová. Con una base paleológica, asumieron la misión de transmitir las neologías, las nuevas profecías. Vez tras vez, chocaron contra la oposición de los netamente paleólogos, los que no aceptaron las nuevas profecías. Esto se viene sucediendo, de distintas maneras, desde los inicios de los tiempos. Desde que Dios comenzó  a dar su palabra a sus siervos, los profetas, hasta la actualidad, donde el mismo Dios, por medio de Su Espíritu, sigue dando palabras a sus siervos y siervas. Y también, como en aquellos tiempos, los que se oponen siguen poniendo palos en las ruedas de las nuevas profecías. 

En los tiempos del Antiguo Testamento, los paleólogos netos se aferraban a los mandamientos dados por Moisés. Cuando Jehová levantaba profetas, con un mensaje renovador, aquellos se resistían a recibir a esos mensajeros y a sus mensajes. Cada profeta fue un neólogo de su tiempo, y debió enfrentarse con los paleólogos de ese momento. Hoy no es la excepción. 

Los profetas (los que figuran en el Antiguo Testamento, mayormente) eran, primariamente orales, porque anunciaban la palabra de Dios con sus labios. Sus profecías se iniciaban con la fórmula: “Así dice el Señor…” O frases similares. Más tarde, esas profecías fueron escritas, y así pasaron a ser parte de las Escrituras. Hoy las tenemos en las hojas de nuestras Biblias. Pero, en su fase inicial, fueron solamente orales. Los escribas de ese tiempo, eran más bien gráficos, porque citaban las escrituras. Sus discursos se iniciaban con la fórmula: “Así está escrito…” Esto difiere bastante de la fórmula de los profetas. Eso mismo se pudo ver en el ministerio terrenal de Jesús. Él decía: “El reino de los cielos es semejante a…” No necesitaba citar lo ya escrito, salvo cuando tuvo que enfrentar al diablo en las tentaciones del desierto. O cuando citaba la Ley, pero para darle un nuevo enfoque, como lo enseñó en el Sermón del Monte. Los fariseos y escribas seguían con la antigua fórmula: “En la ley está escrito…” Así procuraban hacer caer a Jesús en alguna trampa discursiva. Jesús fue un neólogo, porque trajo un aire nuevo a las antiguas leyes mosaicas. Una nueva forma de interpretarlas, más justa que la manera interpretativa de los escribas y fariseos. Estos fueron los paleólogos de aquellos tiempos. Y siempre se oponían a las palabras de Jesús, salvo pocas excepciones. Hubo un fariseo, Nicodemo, que al menos intentó escuchar y entender esas nuevas palabras sobre el reino de los cielos.

Hoy se rechaza, como en aquellos tiempos, a todo aquel que dice palabras “nuevas”, a los neólogos. Si estos se basan en la paleología (dícese de la actitud de basar las nuevas profecías en la antigua, la escrita en los textos sagrados) para dar sus profecías de la actualidad, está de acuerdo con lo que nos relata la Biblia. En la actualidad, se suele mirar con sospecha a estos profetas.

Los paleólogos solo (y recalco la palabra “solo”) enseñan palabras “antiguas”. Está bien basar nuestras predicaciones y estudios bíblicos en lo ya escrito, lo que conocemos como sagradas escrituras o, sencillamente, Biblia. Pero esos profetas que estudiamos, y que son fundamentos de nuestras prédicas, fueron en su momento neólogos, es decir, personas que recibieron una palabra fresca, nueva, revolucionaria, molesta. Hoy exaltamos a aquellos siervos y siervas del Altísimo, pero no reconocemos a los que están siguiendo esa línea de profecía en la actualidad. Dios sigue hablando, y levantando siervos y siervas, sus profetas. Me gusta que la palabra profeta no tenga género, que sea neutra, porque es aplicable a cualquier ser humano, sin diferencia genérica, que busca a Dios, y que es hallado por Él. El profeta, la profeta…

Velázquez o Picasso

Mi abuela paterna fue pintora y poeta. Mi papá me mandó a aprender dibujo en la casa de ella. Era una vivienda pequeña y antigua. Reinaba una atmósfera bohemia. Cuadros de mi abuelo desordenados. Botellas pintadas con paisajes o con flores. Un universo artístico, pero, en un sentido era arcaico, porque lo que imperaba ahí era la vieja concepción del arte: imitar a la realidad, o a la naturaleza. Recuerdo una vez, mientras yo copiaba cuerpos geométricos (algo que en verdad no me daba placer…), que mi abuela comenzó a despotricar contra los pintores modernos. Porque éstos, según ella y el viejo concepto, no pintaban la naturaleza, sino que la deformaban. Más tarde, mucho más tarde, entendí que entre aquellos pintores que ella maldecía, estaba nada menos que Pablo Picasso. Mi abuela poseía buena técnica, para copiar paisajes y flores. Pero su idea sobre el arte era la clásica e inamovible.

En el sentido que venimos dando, era una paleóloga. Se aferraba a formas antiguas. Para ella no había otra manera de hacer arte. Estaba más del lado del pintor, también español, Velázquez. Este copiaba en el mínimo detalle a personas y objetos. Una de sus obras muestra a una mujer anciana cociendo un huevo en una sartén. Un anticipo del hiperrealismo. Quien admira esta obra, puede suponer que es una fotografía. Picasso era el neomorfo, un artista que buscó nuevas formas de representar la realidad. Mi abuela, con relación a esos pintores modernos, se posicionó como paleomorfa, en contra de aquellos neomorfos. Algo similar ocurre en el ámbito evangélico. Hoy la grieta no es entre milenialistas-premilenialistas, o calvinistas-arminianos, predestinación-libre albedrío. Hoy es paleo-neo, antiguo-nuevo. Podríamos decir conservadores vs. Innovadores. Quiero aclarar que no estoy hablando de teología, o quizás sí. Porque la teología, o las teologías, también tienen que ver con las maneras de anunciarlas, de mostrarlas.

Vieja friendo huevos, de Velázquez.
Vieja friendo huevos, de Velázquez.
Chica frente a un espejo, Pablo Picasso.
Chica frente a un espejo, Pablo Picasso.

Los paleomorfos continúan con métodos arcaicos de evangelización y discipulado. Los neomorfos asumen nuevos métodos para esos ministerios fundamentales. 

Es más fácil aferrarse a lo conocido, y rechazar lo desconocido. Continuar con estructuras tradicionales para enseñar o predicar el Evangelio. Las buenas nuevas son anunciadas con formas viejas. Esto, a mi criterio, debe cambiar. Porque esas estructuras funcionaron, o no, en su tiempo.

Para algunos líderes, solo vale la manera de discipular de su iglesia, o lo que es peor, de su denominación. Y mucho peor aún, rechazan a quienes discipulan de otra manera. 

No estoy diciendo que los paleomorfos se irán al infierno, y los neomorfos al cielo, ni a la inversa. No, absolutamente no. Doble negación: ou me, como se dice en griego. No me refiero a salvación, pero sí a la salvación de los que no conocen a Dios (no quiero referirme a estos como “mundanos” porque esa tradicional definición me resulta abominable y ofensiva). No podemos llegar a esas personas con el Evangelio adentro de envases viejos. Esos envases son los formatos desgastados por el uso. Jesús dijo algo sobre el vino nuevo en odres nuevos. Tal vez se refería a esto. Es posible también que sea un significado forzado, pero la realidad, la actualidad, nos muestra, y demuestra, que tenemos que buscar nuevas maneras de anunciar el mensaje de Cristo. Odres nuevos, para usar términos bíblicos. 

Tampoco pretendo que se desprecie a los paleomorfos y que se elogie a los neomorfos, o viceversa. Pero sí estoy convencido que los nuevos recipientes pueden acceder a lugares donde es imposible con viejos formatos. Es como pretender subir a un séptimo piso con una escalera de dos metros de altura. Para ese fin necesitamos un buen ascensor, o una escalera de bomberos. 

La gente, en su mayoría, no quiere asistir a los cultos en iglesias. Aunque no distinguen la diferencia templo-iglesia. Por otro lado, las redes sociales han cobrado protagonismo en las comunicaciones. El zoom, y plataformas similares, han llegado para quedarse. Los cristianos estamos usando esas estructuras virtuales. Pero, podemos caer en la sacralización y templización de esos medios. Estos requieren dinámicas propias. Nuestros esquemas tradicionales de culto y evangelización, no caben en estos sitios. 

Los paleomorfos y paleólogos podemos ser cualquiera de nosotros. En los tiempos en que Jesús anduvo predicando, los religiosos se opusieron a su mensaje innovador. Mucho antes, los “padres” de esos religiosos mataron a los profetas. Hoy estamos del lado de Jesús. Pero, sutilmente nos hemos trasladado al lado conservador. No toleramos que se predique el Evangelio de otro modo que el tradicional. De esta manera, nos convertimos en obstáculos para la propagación de ese mensaje que tanto defendemos. No es cuestión de formas, sino de usar las viejas, las antiguas, las obsoletas. Pero, las nuevas formas no siempre son buenas, o las mejores. Pero es preferible a las viejas. 

Lo que se cuestiona en este breve ensayo, no son las teologías, sino los soportes. Estos pueden ser los viejos o los nuevos. Podemos elegir cuál utilizar. Pero debemos estar conscientes que el común de la gente rechazará a esas estructuras antiguas. Y, al rechazar el envase, también rechazará al contenido. Si cambiamos de soportes por unos acordes a nuestro tiempo, podemos esperar mejores resultados. Al menos el mensaje será recibido, no digo que será aceptado. Eso ya no depende de nosotros. Dependerá de quien lo reciba. Nuestra parte de la misión, la gran comisión, la habremos realizado. La otra, que va más allá de nuestro alcance humano, está a cargo del Espíritu Santo, quien convence de pecado, de justicia (divina), y de juicio (también divino). 

El mensaje del evangelio no cambia, ni cambiará. En esto es paralelo a su originador, el Señor Jesucristo. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Lo que cambia, y debe cambiar, son las formas de darlo a conocer. Cada etapa de la historia requiere de un cómo. El qué ya lo tenemos, no varía. Cada momento histórico nos pide una forma distinta. A esto llamo neomorfismo, la actitud de estar dispuesto a asumir y adoptar, y adaptar, nuevas maneras de comunicar el precioso mensaje de la cruz y la resurrección.

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Marcelo Maristany

Es escritor. De la ciudad de La Plata, donde estudia la Carrera de Letras en la UNLP. Es autor de varios libros, entre ellos "Cuentos ensanblados", "Bitácora" y "Onírica". También es ilustrador y el creador de la tira cómica "Evangelito y Hermanos".

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Es escritor. De la ciudad de La Plata, donde estudia la Carrera de Letras en la UNLP. Es autor de varios libros, entre ellos "Cuentos ensanblados", "Bitácora" y "Onírica". También es ilustrador y el creador de la tira cómica "Evangelito y Hermanos".

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