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Nuestra fe es atacada todo el tiempo, pero esto no es dato nuevo. A lo largo de la historia se han levantado filosofías o sistemas de pensamientos que atacaban de manera directa las creencias fundamentales que encontramos en la Biblia.

A lo largo de la historia Dios levantó personas que defendieron su fe, que tuvieron valentía para declarar la verdad de Dios. Hoy quiero citar a uno de ellos, de hecho fue el primer apologista de la historia, allá por el año 165 d.C. : Justino Mártir.

Justino se enfrentó a un filósofo llamado Crescencio en un debate. Poco después fue arrestado por profesar una religión no autorizada (tal vez fue ese filósofo que al verse derrotado en el debate acusó a Justino). Frente a las autoridades, Justino se negó a una cosa: renunciar a su fe. Negar a su fe sería su escapatoria, pero el hombre que siempre vivió defendiéndola, no podía negar a Jesús. Esto lo llevó a ser condenado a morir, la pena fue la decapitación. De acuerdo a los escritos de Taciano (120-180), discípulo suyo, fue condenado por confesar su fe antes de morir diciendo: “Si somos castigados por nuestro Señor Jesucristo, esperamos ser salvos”. Desde entonces, Justino ha sido llamado Mártir.

El Estado exigía a los habitantes del Imperio un férreo respeto a la religión oficial romana, a través del juramento de fidelidad al emperador. Por su parte, el cristianismo exigía a los fieles la adoración exclusiva de Dios. Incontables cristianos murieron por no negar su fe.

Existen al menos dos formas tradicionales de hacer una división de los Padres de la iglesia, una, basada en la lengua que escribieron; las más notorias son latín y griego. La otra división está dada por  llamarlos “Padres Apostólicos” y “Padres Apologéticos”.

En el caso de los “Padres Apostólicos”, se llama así a quienes muchos consideran que fueron discípulos de los apóstoles, contemporáneos o inmediatamente posteriores a ellos (95-150d.C). Son generalmente aceptados como Padres Apostólicos: Clemente I de Roma, San Ignacio de Antioquía y Policarpo. Entre las obras también asociadas con los Padres Apostólicos se encuentran las Enseñanzas de los Doce Apóstoles o Didaché.

Por otro lado, se encontraban los “Padres Apologistas”, defensores de la fe. Estos hombres tuvieron que hacer frente a graves peligros que amenazaban la existencia de la iglesia. Dentro de los grandes temas que debieron defender se encuentran el rechazo al Evangelio por parte de los judíos, la aparición de herejías en el seno de la iglesia, como el gnosticismo y montanismo, y la defensa ante los intelectuales paganos: filosofía platónica y estoicismo.

Justino Mártir, entra en esta segunda categoría de los Padres de la Iglesia. El propósito de este artículo es desarrollar su vida y obra con el fin de poder entender cómo nace el celo por defender la fe cristiana en medio de un mundo totalmente hostil al Evangelio, conocer las fuerzas que Dios le dio a este hombre para defender con valentía la fe, y que esto sirva para reflexión en la iglesia del presente, que también se encuentra rodeada de falsas enseñanzas y filosofías de este mundo.

“Fue Justino el primer iniciador de la filosofía cristiana y el primer apologista de gran mérito. Además, derramó su sangre por Cristo y coronó con una vida santa sus méritos de filósofo, cristiano y apologista”. Esta es una pequeña frase del sacerdote español Hilario Yaben, que resume mucho de lo que fue la vida del apologista.

Justino nació en el año 100 en Naplusa (Palestina) para entonces ciudad romana y pagana. Sus padres eran unos acomodados colonos, dice su biografía. Desde joven supo gustar de la filosofía y con el transcurso del tiempo la filosofía lo conduciría, etapa tras etapa, hasta el umbral de la fe.

En una de sus biografías se cuenta que se convirtió al cristianismo en edad no temprana, después de haber buscado inútilmente en las diferentes escuelas filosóficas (estoica, peripatética, pitagórica y especialmente platónica) la respuesta a los problemas que planteaba a su espíritu el amor a la verdad. “Se encendió en mi alma un fuego súbito y quedé preso del amor hacia los profetas, hacia estos amigos del Cristo… y encontré que esta filosofía era la única segura y útil”.

Para el año 150 escribió dos apologías del cristianismo y es aquí donde quiero poner el foco para analizar con más profundidad estas obras, esto sería un indicio para los Padres Apologistas. Ambas obras son las únicas directas conservadas de Justino y subsisten en un solo manuscrito, el Codex Parisinus Graecus 450 (estas maravillosas obras, que son un placer de lectura, se pueden encontrar fácilmente en Internet). 

Durante los reinados de Adriano y Antonio Pio seguía vigente la vieja ley de condenar a los cristianos, pero siempre y cuando existiese una acusación previa; si se comprobaba que eran cristianos existían penas graves, aun de muerte. Muchos cristianos creyeron poder dirigirse leal y directamente a aquellos emperadores como una persona honrada se dirige a otra persona honrada. Esto fue parte del intento de Justino en las dos apologías.

La Apología está dirigida, como demanda oficial, al Emperador Antonino Pio. También se dirige a filósofos que buscaban y amaban la verdad. Algo que debemos tener presente es el tiempo en el cual Justino escribe, un mundo cultural impregnado por la vida religiosa coronada por la piedad y la filosofía. En la primera de las apologías, busca exponer la doctrina cristiana para demostrar que los cristianos no cometen crímenes cuando participan de su religión:

“Más para que no piense alguno que este lenguaje es contrario a la razón y temerario, suplicamos que se investiguen cuidadosamente los crímenes que imputan a los cristianos y que si se demuestra que esos crímenes son verdaderos se les castigue como sea justo, pero si nadie puede demostrar semejante cosa, la recta razón no permite que por un mal rumor se haga injusticia a hombres inocentes…” (Apología, Justino Mártir, punto 3).

Uno de los crímenes que se les acusaba a los cristianos era el de ateísmo, ya que no emitían opinión sobre los dioses del Olimpo, o adorar a los emperadores. “Y reconocemos que somos ateos si se trata de estos (demonios) que (falsamente) son considerados como dioses, pero en manera alguna si se trata del Dios verdaderísimo” (Apología, Justino Mártir, punto 6).

A partir del capítulo 13 de la Apología encontramos que comienza a repasar detalladamente los aspectos de la vida de los cristianos para así enseñar que no son malos ciudadanos como se los acusaba. En un momento del escrito, Justino viene presentando pasajes Bíblicos en donde Jesús manda aún a amar a los que nos aborrecen. A través de estos versículos demuestra por qué los cristianos se comportan así. Un ejemplo es la paga de los impuestos: Ante la acusación de “¿Los cristianos no obedecen las leyes y no tributan al emperador?”, él responde: “También nos preocupamos de pagar, los primeros entre todos, los impuestos y los censos a aquellos a quienes habéis dado esta concesión, porque así hemos sido enseñados por el” (Apología, Justino Mártir, punto 17).

En esta defensa no se tiene al Emperador como destinatario sino también a los filósofos contemporáneos, quienes introducían reflexiones sobre la vida, la muerte, la vida después de la muerte, etc. Justino les responde en un pasaje de la primera Apología de la siguiente manera: “Los filósofos que se llaman estoicos enseñaron que el mismo Dios se ha de descomponer en fuego y que por esto ha de comenzar a existir nuevamente, más nosotros creemos que Dios es algo más excelente que todas las cosas sujetas a mudanza, puesto que es el creador de todas ellas” (Apología, Justino Mártir, punto 20).

Si observamos cada una de las defensas que ejecuta Justino podemos encontrar una particularidad: no se basa en sus pensamientos o en su elocuencia, sino que lo hace apoyado en las palabras de Cristo. No es poca cosa esto. Sabemos que el Evangelio ha sido atacado y será amenazado por toda la historia, pero cuando los cristianos puedan apropiarse de las palabras de Cristo en sus vidas, con el auxilio del Espíritu Santo, podrán dar una defensa digna del verdadero Evangelio a todos aquellos que se levantan con falsos argumentos y falacias creadas desde su misma ignorancia.

En conclusión, ¿Por qué considero importante leer, investigar, estudiar a Justino Mártir? Porque si leemos minuciosamente sus escritos, encontraremos una defensa contra los detractores del cristianismo, pero también una detallada descripción de la liturgia de la iglesia primitiva, como en el caso en que describe que se juntaban en el día que lleva por nombre “del sol” y leían en público los “recuerdos de los apóstoles”, o escritos de los profetas. Tras las oraciones se daban el saludo de la paz, la participación con pan y vino de la cena del Señor. Estas son algunas de las prácticas de los cristianos descritas por Justino. Él se encargó de declarar la verdad, de contrastar las enseñanzas filosóficas por un lado, y la verdad de Cristo por el otro.

Para Justino, la existencia de un Dios trascendente e inmutable era innegable. Expuso su fe en Jesús y la armonizó con la razón, al mismo tiempo que arguyó que Jesucristo fue la manifestación de esta verdad; el Logos, la divinidad encarnada.

El tema de Dios es el tema principal de la filosofía, según Justino. La filosofía de su tiempo tendía a la afirmación de una entidad divina suprema, pero no única. De cara al judaísmo, debió mostrar la verdad, que Dios tiene un Hijo, novedad cristiana en la concepción de Dios. Y para la explicación de esta verdad recurrió tanto a argumentos bíblicos como filosóficos.

Al revivir la obra y vida de Justino Mártir podemos reflexionar sobre los peligros que la iglesia de Cristo todavía enfrenta. Es verdad que ya no es contra los gnósticos, ni las sectas de los judaizantes o el Montanismo. La iglesia del siglo XXI se enfrenta a las corrientes de pensamiento que no condicen con la verdad bíblica.

Por otro lado, muchas veces embestimos contra todo aquello que se levanta como pensamiento nuevo en la sociedad, sin saber de qué se trata, sin estudiar a fondo tal razonamiento. Justino conocía en profundidad los pensamientos de los filósofos, sabía cómo se regía la sociedad, entendía cuál era la acusación contra los cristianos. No era un sociólogo, pero podía defender lo que conocía. Que esto nos anime a “leer” la sociedad, pero no para condenarla sino para mostrarle la verdad de Cristo.

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Pablo Arias

Es de Mar del Plata, y reside en La Plata. Es Profesor de Historia, Bachiller en Teología del Seminario Ministerial y Teológico de la Unión Evangélica Argentina y Profesor de Historia del cristianismo.

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Es de Mar del Plata, y reside en La Plata. Es Profesor de Historia, Bachiller en Teología del Seminario Ministerial y Teológico de la Unión Evangélica Argentina y Profesor de Historia del cristianismo.

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