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Un repaso por la historia del cristianismo y de la interpretación del mensaje bíblico puestos al servicio de entender los fundamentalismos:

El cristianismo nació con la llegada de aquel Mesías esperado por un pueblo judío sometido, tanto por el poder romano, a quien debían tributo y de parte de quien recibían opresión, como por parte de las autoridades religioso-políticas, que imponían pesadas cargas a la comunidad. El Mesías había venido, aunque no de la forma que el pueblo esperaba. Como está escrito en Juan 1: 11: “a los suyos vino, y los suyos no le recibieron”. Mientras que los judíos aguardaban la llegada de un rey de fuerte aspecto politico-militar que viniera a reinar y sojuzgar a todas las naciones, el ministerio de Jesús no fue así, no peleó por imponer su autoridad y extender su reino a filo de espada.

El movimiento que Jesús el Mesías vino a establecer nació más bien con el propósito de reconciliar a los hombres con Dios por medio del perdón de pecados, como cumplimiento de aquella profecía de Jeremías: “porque este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días declara el Señor. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribirė; y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31: 33). Y por medio de este nuevo pacto entre Dios y la casa de Israel, se abrieron las puertas para que todas las naciones pudieran hallar también dicha reconciliación. El apóstol Pablo dice, al respecto: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación” (2 Corintios 5: 19).

El ministerio de Jesús, lejos de los fundamentalismos cristianos, no se puso a las órdenes de ninguna de las fuerzas que oprimían a su pueblo; tampoco se desarrolló con la idea de gobernar la nación, o ser la religión oficial de un imperio. Así como “el vino nuevo no puede ser contenido por odres viejos” (Mateo 9: 17), una nueva creación requiere un cielo nuevo y una tierra nueva (2 Corintios 5: 17).

El carácter del cristianismo no puede ser oficial, ya que por naturaleza se rebela ante este mundo; somos una nueva creación que espera por la renovación de todas las cosas, sólo cuando esta tierra y este cielo sean renovados, entonces podrá el cristianismo ser oficial; cuando el Rey venga a reinar, reinaremos con él (1 Corintios 15: 51-53).

Los llamados imperios cristianos o naciones cristianas, ya sean católicas, ortodoxas o protestantes, no han provocado más que distorsiones, acentuando un aspecto u otro del mensaje cristiano hasta llevarlo a fundamentalismos que han desfigurado el rostro de Cristo en el mundo entero.

Bajo el Imperio Romano de Constantino la Iglesia se convirtió en una institución mecánica expendedora de salvación, lo que podría denominarse como un proceso de burocratización de la salvación, un trámite, que en su máximo desarrollo llevó a que la salvación pudiese comprarse con dinero contante y sonante. Este fue el fin de un proceso que comenzó con la compra de cargos eclesiásticos por dinero, conocido como la simonía.

Por otra parte, en las naciones protestantes, la Iglesia Luterana acentuó la iniciativa exclusivamente divina para la salvación, lo que se transformó en una excusa para rechazar la tarea evangelizadora por parte de los creyentes, que entendían, según afirma el teólogo David Bosch en su libro “Misión en Transformación”, que “Dios ya se había revelado a todos por medio de la naturaleza y la predicación de los apóstoles”, negando así que “la lglesia tuviera llamado misionero alguno, dejando esta responsabilidad en manos del Estado”.

El cristianismo se bambolea en la historia de un extremo a otro, con fundamentalismos que tocan los límites continuamente del ascetismo y la pobreza de los monjes a las riquezas y el tan ansiado ascenso social de la burguesía protestante. En la actualidad podemos hablar tanto del literalismo bíblico de los conservadores como de la exagerada contextualización de la teología liberal. Los primeros hacen de la Biblia un fetiche al cual terminan rindiéndole culto, los segundos, un libro de experiencias humanas con algunas notas de divinidad que en la práctica se traducen como humanismo.

Existe un gran problema cuando se prioriza la perspectiva de la época sobre el mandato bíblico, que a veces nos manda a disfrutar y otras a sufrir. El ser humano cae en la tentación de acomodar el mensaje de la Biblia en pos de lo que cree necesario, acentuando algún aspecto sobre otro.

Hay una gran diferencia entre leer la Biblia y estudiarla en profundidad. Cuando simplemente leemos las Escrituras, vamos hacia ellas con toda nuestra subjetividad, con toda nuestra carga emocional y contextual como seres finitos que somos hijos de un tiempo y un espacio estrecho particular y singular. Pero cuando las estudiamos, somos leídos por ella y comenzamos a vislumbrar un mensaje que nos desnuda y nos muestra el reflejo objetivo respecto de la naturaleza humana más allá de lo contextual donde se revelan los elementos básicos de la vida, de Dios, del género humano y de la creación.

En este tiempo particular donde todo es tan relativo, donde cada uno ha creado su propia verdad, más que leer necesitamos ser leídos por las Escrituras, aprender a estudiar e interpretar, sumergirnos y bucear en las profundidades de la verdad del Señor.

Debemos recuperar la dimensión histórica de nuestra fe aprendiendo de los excesos del pasado y presente, de los fundamentalismos cristianos, para ser moderados en todo aquello que según las Escrituras debemos ser moderados y firmes en todo lo que la Biblia nos exige firmeza.

Por último, librarnos del sueño de los cristianismos oficiales ya que, según entendemos, la adoración trae persecución (Hechos 15).

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Leandro Berguesi

Es de Lomas de Zamora y actualmente reside en la ciudad de La Plata, está casado y tiene un hijo. Estudió profesorado en Artes Plásticas en la facultad de Artes de la UNLP y Teología en el Seminario Internacional Teológico Bautista. Co-fundador de Ecclesia Joven y Autor del libro “Repensar la casa”.

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Leandro Berguesi

Es de Lomas de Zamora y actualmente reside en la ciudad de La Plata, está casado y tiene un hijo. Estudió profesorado en Artes Plásticas en la facultad de Artes de la UNLP y Teología en el Seminario Internacional Teológico Bautista. Co-fundador de Ecclesia Joven y Autor del libro “Repensar la casa”.

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