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Espiritualidad despersonalizada - Daniel Acuña

Existe un modelo imaginario, dentro de nuestras mentes, que nos dice cómo debería ser un verdadero cristiano. Queramos o no, somos dirigidos por este modelo. Vivimos queriendo alcanzarlo, al punto que, en busca de la justicia de Dios, nos volvemos justicieros al dogmatizar nuestro modelo.

Incluso, podemos llegar a confundir nuestro modelo con Cristo mismo; queriendo ser llenos del Espíritu, terminamos huyendo de él por nuestras aspiraciones egoístas. Si somos honestos con nosotros mismos, quizás nos demos cuenta que no estamos buscando justicia o santidad, sino que buscamos sentirnos justos y santos. Y aquí hay una amplia diferencia.

Un pensamiento muy común, que encuentro rondando en mi cabeza, es el de querer vaciarme de mí mismo y dejar que Cristo me llene y gobierne por completo. Lo cual, a primera vista, puede resultar muy loable. Sin embargo, lo peligroso de este pensamiento es la comprensión de dicho “vaciamiento”. ¿De qué nos vaciamos? ¿De nuestro pecado o de nuestra personalidad, o quizás, de nuestros deseos?

Sin lugar a duda el pecado nos aleja de Dios, pero nuestro pecado revela también ciertas partes de nuestros deseos más íntimos e incluso, de nuestra personalidad. Al mirarnos al espejo nos es fácil autopercibirnos como pecadores, pero, extrañamente, nos cuesta horrores encontrar la imagen de Dios en la misma figura. Esto genera un rechazo por uno mismo, y nos acerca a una versión mística de nuestra fe, donde vivimos en búsqueda de la “ascensión”, así dejar nuestras vasijas de carne y entrar en una esfera espiritual suprema.

Lo que buscan quienes siguen dicha línea es vaciarse de su humanidad. En griego encontramos esta palabra, “vaciamiento”, como KENOSIS, pero el uso que le dan los escritores del Nuevo Testamento es muy distinto al tipo de KENOSIS del que estamos hablando. Veamos cómo Pablo utiliza esta palabra en Filipenses 2:5-8.

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

Vemos en este texto, una visión completamente inversa a la que estábamos pensando hasta hace unos momentos. Cristo, siendo Dios, estando en la cúspide de la espiritualidad, decidió humillarse y vaciarse de su gloria, para morir como un desgraciado en una cruz por nosotros. A través de dicho evento, Cristo nos liberó del pecado que nos alejaba de Él, y nos devolvió la dignidad como seres humanos.

Nuestro pecado tiene solución a los pies del Hijo de Dios, pero, como diría Pablo, “Cristo debe ser formado en nosotros”. Así como la revelación divina, en los evangelios, permitió que más de una persona escribiera la historia de Jesús con formas y enfoques diferentes, Cristo puede ser formado en nosotros de múltiples maneras.

Negar esto es rechazar las experiencias de nuestros hermanos, y poner nuestras experiencias como superiores a las del resto. ¿Sería eso el “mismo sentir que hubo en Cristo”?

No dejemos que nuestro modelo opaque la gracia y diversidad de Cristo.

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Daniel Acuña

Es de Mar del Plata. Graduado del Seminario de Formación Ministerial de UEA. Estudiante de Hebreo en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Profesional en la industria de software.

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Es de Mar del Plata. Graduado del Seminario de Formación Ministerial de UEA. Estudiante de Hebreo en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Profesional en la industria de software.

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