Una tumba vacía

Por: Patricia Sampaoli de Bonacci

Mientras son famosas las pirámides egipcias porque contienen los cuerpos momificados de los antiguos faraones; la abadía de Westminster, en Londres, porque en ella descansan los restos de notables ingleses como Isaac Newton y Charles Dickens; el Cementerio de Arlington en la ciudad de Washington,  que es el honroso lugar donde están sepultados muchos americanos prominentes como John y Jacqueline Kennedy o el Cementerio de la Recoleta, asentado donde los frailes de la orden de los recoletos descalzos se afincaron a principios del siglo XVIII y que en 1822 pasó a ser el cementerio de Buenos Aires donde yacen los cuerpos de Remedios de Escalada de San Martín, Domingo Faustino Sarmiento, Hipólito Yrigoyen, entre muchos otros famosos personajes de nuestra historia… ¿Qué pasa con la tumba de Jesús de Nazareth?

El personaje histórico que ha sido capaz de dividir en dos partes a la historia e influir en revoluciones morales de un extremo al otro del mundo. ¿Habrá alguien transformado tanto las creencias como este carpintero de Israel? Sin duda, ninguno de los nombrados anteriormente.

Entre la tumba de Jesús el Cristo y las que se ubican en los cementerios antes mencionados existe una diferencia enorme, aunque estos lugares son famosos y atraen miles de visitantes por lo que contienen, la tumba de Cristo es célebre por lo que no contiene.

El cuerpo no está ahí. Así como los cementerios y las tumbas ostentan inscripciones con nombres propios, la tumba vacía de la que hacemos mención tiene un grabado inmaterial que expresa: “Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Romanos 8:34).

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