Señor, quítame tiempo

Señor, te he dirigido frecuentemente una oración decididamente boba.

Te be pedido un suplemento de tiempo.

Mi jornada de veinticuatro horas normalmente no me basta.

Necesito al menos seis horas de más

para responder a todas las llamadas,

atender a los compromisos,

despachar el trabajo atrasado,

responder puntualmente a las cartas.

Y pedí a todos los que exigían un pedazo de mi tiempo, ya tan escaso, que fueran mis cómplices en aquella petición de una jornada un poco más larga. Espero que no lo hayan hecho.

Solo ahora me doy cuenta de la estupidez de aquella oración.

Es como si tú hubieras cometido un error al asignarme mi porción de tiempo.

O también como si tuvieras el deber de hacer una excepción precisamente para mí, en vista de mis trabajos y compromisos, de mis responsabilidades, de mi “utilidad pública”.

Qué desfachatez. Y qué presunción.

Perdóname, Señor.

El tiempo que me has dado es más que suficiente, lo reconozco. Suficiente para hacer aquellas cosas que tú esperas de mí y para hacerlas bien.

No se trata de tener más tiempo a disposición, sino de tener más ideales a disposición, para llenar de significado el tiempo que poseo.

Deseo más bien que mi tiempo sea más rico en significado.

Para esto te autorizo, Señor, a que me quites tiempo.

Esta es mi petición, opuesta a la precedente.

Te pido que me robes horas, de las veinticuatro que tengo a mi disposición.

Dos, tres, o incluso seis menos. Como quieras mejor.

¡Qué hermosura, Señor, unas cuantas horas tomadas de lo necesario, no de lo

superfluo de mi jornada, y destinadas a ti!

Poder anunciar: ¡me faltan seis horas al día porque las he “despilfarrado” en

oración!

Dame la fuerza, Señor,

el coraje,

la libertad

para realizar este gesto alocado.

Entonces, estoy seguro, de que no desembucharé ya, ante los impacientes y numerosos clientes, la acostumbrada excusa: “no tengo tiempo”.

Podré, por el contrario, declarar en tono triunfal:

—¡Tengo tiempo!

Tiempo para hacer las cosas adecuadas, de la manera adecuada, con el corazón “adecuado”.

Señor, quítame teimpo.

No vendré a pedirte que me pagues los daños.

Por el contrario, te daré las gracias porque el tiempo que me queda, después

de tus suculentos cobros, será un tiempo totalmente diverso.

En suma: un capital que aumenta y adquiere valor precisamente cuando disminuye.

¿Vamos a hacer juntos este milagro, Señor?

___

* Alessandro Pronzato. “Fuerzas para gritar”. 1976. ps 50 y 51.

Sobre el autor: Valmacca – Italia  (1932-2018).  Sacerdote católico, Profesor de catequética, director del «Centro di spiritualità Pineta di Sortenna» y autor de más de cincuenta libros; entre ellos: “La provocación de Dios”; “Evangelios molestos”; “Fuerza para gritar”.

 

COMPARTIR:

Share on whatsapp
Share on telegram
Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on facebook
Share on twitter
Share on email

dejanos un comentario sobre este artículo

Más notas

Contacto

Hecho por:

© 2021 Asociación Civil Ecclesia Joven. Todos los derechos reservados.