Sed de justicia

POR:
JORGE ZÁRATE

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Acerca de la sed de justicia, claro está que sobre este tema mucho se ha escrito, pero aún queda la gran duda: ¿Debo o puedo sentir sed de justicia? ¿Y qué hago con este dolor que colma mi ser? ¿Exijo justicia? ¿Y qué si lo que yo pido como castigo para el injusto, en realidad Dios no lo quiere?

En fin, cualquier cristiano que quiera alcanzar la madurez debe hacerse de la idea de que en la vida sufriremos una y otra vez dolorosas injusticias. Eso, seguramente, encenderá en nuestro corazón variados sentimientos y emociones: tristeza, decepción, ansiedad, etc. Pero, vez tras vez, debemos despojar nuestro interior de esas sombras, porque, justamente, no harán más que traer oscuridad a nuestro interior.

No seremos los primeros ni los últimos en recibir algo injusto como paga. Incluso hay quienes han llegado a reclamarle a Dios, como si fuera ciego y sordo; como si, en definitiva, Él fuera injusto ante las injusticias: “¿Hasta cuándo, oh Señor, pediré ayuda, y no escucharás, clamaré a ti: Violencia y no salvarás?”, así oraba el profeta Habacuc (1: 2). En el comienzo de la pregunta es donde se denota la sed de justicia: “¿Hasta cuándo…?”. Así es que la gente se pregunta hasta cuándo pagará el justo por los pecadores, hasta cuándo seguirán libres quienes merecen estar presos, hasta cuándo el sol pareciera preferir brillar para los malos más que para los buenos.

En el Eclesiastés mismo vemos expresado el pesar de esta sed de justicia: “Hay una vanidad que se hace sobre la tierra: hay justos a quienes les sucede conforme a las obras de los impíos, y hay impíos a quienes les sucede conforme a las obras de los justos. Digo que también esto es vanidad”.

La gente que ha sufrido una injusticia, indefectiblemente, alzará sus ojos y sus reclamos al Señor, desestimando la justicia meramente humana, de la que poco, casi siempre, se puede esperar. Muchas veces, otros, ante la falta de justicia, se entregan de lleno a la maldad; “Cuando no se ejecuta rápidamente la sentencia de un delito, el corazón del pueblo se llena de razones para hacer lo malo” (Eclesiastés 8: 11). Ante esta realidad, debe el sufriente, simplemente, aguardar en Dios. Vengarse es condescender (“Hemos condescendido a la guerra”, decía Borges).

Volver mal por mal es, simplemente, hacerse tan necio como aquel que cometió la maldad. Pero, ¿cómo aguardar cuando el que hizo el mal disfruta y quien lo recibió injustamente sufre? Aquí hace su aparición Dios y sus promesas. Ya en el Sermón del Monte, Jesucristo dijo: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”. Esto, ante alguien que acaba de sufrir una injusticia, parece una horrenda contradicción o una locura.

¿Cómo alguien que sufre de sed de justicia va a volverse dichoso y feliz? Pero Jesús está hablando ciertamente de fijar la mirada en el final de esa sentencia: “Serán saciados…”. ¿Quién se encargará, entonces, de saciar esa sed de justicia? ¡Dios mismo! “No tomen venganza, hermanos míos, sino dejen el castigo en las manos de Dios, porque está escrito: «Mía es la venganza; yo pagaré», dice el Señor” (Romanos 12: 19).

Cuando en el mundo se comete una injusticia, la cual no recibe penalidad ni condena justa, es encerrado al sufriente en un callejón sin salida. Ese callejón se va llenando de oscuridades que brotan del corazón, y pronto, muy pronto, la ira, el rencor y la venganza llegan para nublarlo todo. Esa persona está enferma y ciega. Entonces, debe creer en las palabras de Dios acerca de esto y creer que Él dará una sentencia justa. Quien sufre injustamente debe, simplemente, tal como dije al principio, despojarse de las sombras y creerle a Dios (esa es la única luz para el alma). Luego, los tiempos y las sentencias dependen de Él. En la parábola que dio Jesús a sus discípulos, les enseñó a orar siempre, sin desmayar: 

“Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia”. (Lucas 18: 2-8).

No es sabio, por lo tanto, preguntarse “hasta cuándo”. Sino, más bien, quien tiene sed de justicia, quite las sombras y podrá oír el retumbar en sus oídos de las palabras de Dios: “Serán saciados…”. Hay otra realidad que también merece ser mencionada: en el mundo abundan las injusticias y, como esto sucede, no siempre quizás se verá a los malos recibiendo la justa paga, ni al injusto cayendo sobre él todo el peso de la justicia. No esperemos, tampoco, ver los premios y las penas indefectiblemente saciadas en el transcurso de esta vida. Dios es fiel a sus promesas, y esto debería ser motivo suficiente para descansar. Habrá un día en que aquel, que es la Justicia, volverá a juzgar: “Volveré y veréis la diferencia que hay entre el justo y el injusto…” (Malaquías 3: 18). Con respecto a esto, Agustín de Hipona afirmaba:

“Esta diferencia de los premios y de las penas, que divide a los justos de los pecadores y que no echamos de ver debajo de este sol, de la vanidad de esta vida, cuando se nos descubriere, debajo de aquel sol de Justicia, en la manifestación de aquella vida, habrá ciertamente un juicio, cual nunca le hubo”.

Por este juicio, último, perteneciente a Dios, no digo que debamos pedir justicia para nuestros oponentes, sino más bien, misericordia: “La misericordia triunfa sobre el juicio” (Santiago 2:13). Tengamos cuidado de nuestra actitud. Sólo queda, entonces, prestar atención a las palabras de Cristo, y confiar y descansar en eso: “Serán saciados…”.

JORGE ZÁRATE

JORGE ZÁRATE

Es de Rio grande. Reside en La Plata. Es escritor y autor de varios libros, entre ellos: "Engaños de octubre", "Catorce rutas y un camino", "Misterios eternos del universo", "Armonías", "Encrucijada" y "El día que conocí a Jesús". Es docente, periodista deportivo y escritor.

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JORGE ZÁRATE

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Es de Rio grande. Reside en La Plata. Es escritor y autor de varios libros, entre ellos: "Engaños de octubre", "Catorce rutas y un camino", "Misterios eternos del universo", "Armonías", "Encrucijada" y "El día que conocí a Jesús". Es docente, periodista deportivo y escritor.

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