Dios también Pide, Busca y Llama

¿Cuál es nuestra respuesta cuando el que pide, busca y llama es Dios?

El punto de inflexión en el relato del Éxodo sin duda es cuando definitivamente se produce la liberación del pueblo de Israel. Los cristianos utilizamos esta historia como un símbolo de lo que el Señor hizo por nosotros al librarnos del poder del pecado. Lo cierto es que el mensaje de aquella historia no se centra únicamente en el concepto de la “libertad” sino, más bien, en el “porqué” de aquella liberación: “Deja ir a mi pueblo para que me sirva” (Éxodo 7: 16). Por consiguiente, también deberíamos entender que los que hemos creído en el evangelio, hemos sido llamados para servir a Dios.

Un texto clave para entender esto, lo encontramos en Efesios 2: 8-9, en palabras muy simples nos enseña todo sobre la gracia y la salvación por la fe: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. ¡No es por obras, no tenemos que hacer nada!… Un momento, ¿nada? No, para ser salvos, no. Pero miremos con detenimiento el versículo 10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Entender este versículo es definitorio para entender nuestro rol en el Reino de Dios.

¿Dios nos llamó solamente porque quería salvarnos? Por lo general, el culto de la iglesia culto-céntrica se queda sólo con esta parte del evangelio. Como si no pudieran dar un paso más allá del “pecado y salvación”. Queriendo o sin querer, el servicio religioso termina siendo más un servicio para sus miembros que para Dios. El “culto”, pareciera estar dirigido a los creyentes en lugar de a Dios. Del mismo modo, para estas congregaciones, Dios resulta ser sólo un mero proveedor, una máquina expendedora de salvación, de perdón, de gracia, de prosperidad, de sanidad; que atiende sólo los días de reunión dentro de las cuatro paredes del templo.

Dios está cerca

Además, este tipo de tendencias nos ponen a Dios como una entidad de difícil acceso. El Señor allá lejos en “los cielos de los cielos” y nosotros acá, meras criaturas indefensas. Esto es algo muy común para muchas comunidades de fe, incluso para aquellas que hacen énfasis en las manifestaciones espirituales, con las que da la impresión que hay que “bajar” a Dios a pura fuerza litúrgica.

De esta cosmovisión, las prácticas eclesiales, las disciplinas espirituales y, en definitiva: nuestra forma de acercarnos a Dios, presupone un Dios lejano, un Dios que está allá en su trono, que pronto volverá a reinar. ¿Y, mientras tanto qué? Hacemos de Él una deidad como la de los sacerdotes de Baal a los que combatió el profeta Elías: “Griten más fuerte, porque parece que está dormido” (1 Reyes 18: 27). No, Dios está cerca, más cerca de lo que creemos.

La espiritualidad corre un grave peligro cuando no entendemos que la relación con Dios es una de dos vías; de ida y vuelta. ¿De qué vale orar como si no hubiera un “retorno” en la línea de comunicación? Entonces Dios está, en este descuido, en el rol pasivo del que solo puede escuchar. ¿No tiene nada para decirnos? Sí.

¿Una relación en la que solo uno habla puede prosperar? “Pon atención, Job, escúchame; ahora calla, y déjame hablar a mí”, le dijo el Señor a un Job encerrado en sus propios razonamientos (Job 33: 31). La cosmovisión de un Dios que está a nuestro servicio, un genio de la lámpara, un Papá Noel, dista bastante del Dios de la Biblia. Él tiene cuidado de nosotros, de eso no hay duda (1 Pedro 5: 7), pero no creamos que eso es todo lo que la vida cristiana tiene para ofrecernos.

¿Dónde está el Dios que quiere relacionarse con nosotros? Acallado por las preocupaciones, las quejas y las argumentaciones de quien se acerca a Él solo por necesidad. ¿Por qué no lo dejamos hablar? Porque, de ese modo, nos vamos a dar cuenta de que Él también tiene cosas para pedirnos; que así como Jesús nos enseñó “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7: 7), Él también nos pide, nos busca y nos llama.

Por lo general, las enseñanzas de la iglesia del dios pasivo, se basan en que la vida cristiana es, ni más ni menos, que “ir” al la iglesia, ser buenos ciudadanos, tener buen testimonio en los espacios donde nos movemos. Como si se tratara de “ir” a la iglesia en lugar de “ser iglesia”. A lo sumo, y como tarea opcional, se nos pide solamente que compartamos el evangelio cuando sea pertinente, que llevemos gente a la iglesia. ¿Sólo eso? ¿No hay más nada?

La “oracción”, es un concepto que se explica a sí mismo. Oramos para que nuestras acciones sean transformadas. Oramos, no para convencer a Dios, sino para que Él nos convenza a nosotros. Oramos para ceder nuestros deseos y tomar los suyos como propios. De esta forma es que “todo lo demás será añadido” (Mateo 6: 33); el problema es cuando ponemos el énfasis la añadidura más que cumplir con el mandato; presentemos de inmediato nuestra inminente rendición.

Cuando Dios es el que pide

La vida cristiana no termina con la salvación, con el acto de conversión, al contrario, ahí es donde recién comienza. Y empieza con un gran pedido de parte de Dios: nuestra vida; ni más ni menos. En realidad, nos pide algo que ya le pertenecía y que nosotros creíamos de nuestra propiedad. Y éste “aceptar los términos y condiciones” de cuando decidimos devolverle nuestra vida a Dios, implica también que hemos entregado nuestros bienes, afectos, tiempo, talentos, etc. ¿Quiere decir que debemos dejarlo todo para servirle? (Mateo 19: 22). No, pero sí estar dispuestos a hacerlo si Él nos lo pidiera (Mateo 19: 27).

Mejor es esconderse, tapar la voz de Dios con oraciones plagadas de palabras, de necesidades, de nuestros problemas; es mejor que encontrarnos con este Dios que nos puede pedir algo que creemos nuestro. Para explicar este concepto bastaría recordar aquella tremenda escena bíblica de Génesis 22: “Abraham, toma a Isaac, tu amado hijo único, y ofrécelo como un sacrificio” (v 22). Todos sabemos el final de la historia, pero lo destacable de ella no es que “Dios se proveyó de cordero”, sino, la actitud obediente del patriarca.

Pero hay algo sublime en que Dios nos pida algo, porque eso significa que nos tiene en cuenta para que colaboremos con Él. Es un privilegio de sus hijos e hijas de todos los tiempos y lugares. Establecer su reino donde estemos, proveer de justicia a quienes la necesitan, llevar adelante la “Gran Comisión” (en lugar de “la Gran Omisión“, no son tareas que cualquiera que se llame a sí mismo hijo o hija de Dios puede realizar.

La continuación del versículo paralelo de Mateo 7: 7, en Lucas, nos advierte: “pues si ustedes, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan” (Lucas 11: 13). Lo que este pasaje quiere decir es que Dios nos dará todo aquello que pidamos, siempre y cuando esto concuerde con lo que el Espíritu Santo nos revele. Y con respecto a esto último, podremos entender a la perfección lo que Santiago 4: 3 nos dice: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”.

Cuando Dios es el que busca

Creemos que buscamos a Dios, como si fuera Él el que estuviera oculto. No “Adán”, somos nosotros los escondidos, “porque así dice el Señor Dios: He aquí, yo mismo buscaré mis ovejas y velaré por ellas” (Ezequiel 34: 11). Dios nos está buscando continuamente porque Él quiere relacionarse con nosotros. Somos nosotros el hijo pródigo, la oveja perpetuamente extraviada, en tanto sigamos pensando que es Dios el que está lejos.

Ok, “Dios está cerca”, pero ¿cómo es que podemos encontrarlo? Jesús dice “busquen y encontrarán”; si aplicamos la lógica inversa, somos nosotros quienes debemos dejarnos encontrar por Él. De nada vale aquél primer encuentro con el Creador, aquella entrega, si no se tiene una rendición permanente. La conversión no es un evento, sino un proceso.

Para encontrar a Dios, primero tenemos que hacernos visibles, mostrarnos genuinos, transparentes: “Pero Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? El hombre contestó: Escuché que andabas por el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí” (Génesis 3: 9-10). Dios no está lejos; aparece cuando le exponemos nuestras miserias, nuestras llagas, nuestro legítimo arrepentimiento, nuestras ganas de vivir cómo Él nos indique.

Él da la iniciativa, el primer paso. Es Él quien rompe el hielo, porque “Él nos amó primero” (1 Juan 4: 19). Y esa búsqueda continua de Dios es sumamente personalizada, ya que Él conoce nuestro nombre (Éxodo 33: 17).  Esto de “dejar las 99”, nos infiere implícitamente la importancia de cada uno de nosotros para Dios. Definitivamente va a encontrar a esa número cien que se le escapa cada tanto. La pregunta es ¿Cuánto tiempo podemos escondernos?, o como dijo el salmista “¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139: 7).

Cuando Dios es el que llama

La acción de “buscar” habla de un interés particular, no es un objetivo en sí mismo. Dios nos busca intencionalmente para que le adoremos, para que le sirvamos. Esto también es parte de la gracia. “Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren” (Juan 4: 23). Es en este punto donde “Buscar” y “llamar” se vuelven una misma cosa.

Cuando hablamos de llamar, indefectiblemente estamos hablando de “el llamado”; es decir que la convocatoria implica una misión específica. También conocido como “el propósito”, “la misión”, aquello por lo que fuimos creados originalmente, que perdimos al alejarnos de Dios y que volvimos a encontrar (y seguimos encontrando) a partir de que hemos respondido a ese llamado. “Heme aquí, envíame a mí” (Isaías 6: 8).

Como dijimos al principio, si Dios nos llama a su reino, no es para calentar un banco en la congregación, o a lo sumo para ocupar un cargo en la misma, sino para que cumplamos con su voluntad. En este punto entendemos que si bien puede haber un llamado específico, también pueden haber otros llamados en simultáneo. Vemos por ejemplo en el ministerio de Jesús que él tenía un llamado particular “a las ovejas perdidas de israel” (Mateo 15: 24), pero a veces le sucedía que surgían misiones secundarias; como en aquella ocasión cuando tenía que pasar de Judea a Galilea, pero “le fue necesario pasar primero por Samaria” (Juan 4: 4).

Dios mismo nos revela en el Apocalipsis que es Él quien está a la puerta llamando (Apocalipsis 3: 20). “Llamen y se les abrirá” dice el Señor; parece que Él espera el mismo gesto de nuestra parte. Abrirle a Dios, es abrirse a Él, hacer que pase y se sienta como en su casa; estar dispuestos a servirle.

Si Él nos llama es porque quiere que seamos colaboradores suyos (1 Corintios 3: 9). Él podría hacer la tarea sólo si quisiera, pero es un gran misterio, y a la vez una gran bendición, que ha confiado en nuestras manos la tarea de expandir su reino y su justicia. Parece simple (y lo es, porque “mi yugo es fácil y ligera es mi carga” [Mateo 11: 30]), pero la tarea puede volverse todo lo contrario si no oímos su voz.

Cuántas veces nos sucede que nos llenamos de actividades en el templo, proyectos y programas, pero resulta que lo hacemos como una forma más de silenciar a Dios, desoír su verdadero llamado. Mientras tengamos una agenda eclesiástica llena de actividades, más tendremos la impresión de estar haciendo lo correcto.

Conclusión

La oración, esa disciplina espiritual con la que recibimos, encontramos y se nos abre, es la misma herramienta que Dios utiliza para pedirnos, buscarnos y llamarnos a nosotros. Cuando esto sucede, entonces, el “amén” que decimos al finalizar una oración dejará de significar un mero “cambio y fuera”, y pasará a ser un “que así sea”; así, como dije que sería mientras oraba, y así, como oí lo que Dios dijo que haría. Es decir: “lo que hemos hablado entre los dos, lo que dijimos que haríamos cada uno por el otro, que sea hecho”.

Pero si estamos solo enfocados en nosotros, en lo que pedimos, buscamos de Dios, y las motivaciones por las que lo llamamos, si no le damos el lugar que le corresponde, nuestra vida de fe carecerá de todo sentido; siempre estará vacía, aunque con una hermosa apariencia de santidad, pero vacía de Él y llena de nosotros. Si no nos rendimos no podremos encontrar estas cosas, si no menguamos y dejamos que él crezca (Juan 3: 30) seguiremos creciendo solo nosotros sin Dios, siendo en definitiva nuestros propios dioses, independientes de su soberanía, teniendo un dios y una tarea que nos quedan como anillo al dedo; “a nuestra imagen y semejanza”.

“El trabajo dignifica”, reza un refrán popular, ¿cuánto más, el trabajo para el Reino de los Cielos? ¡Qué gran privilegio y a su vez qué gran responsabilidad es saber que Dios cuenta con nosotros!; que Él nos busca continuamente, que nos llama con insistencia y que confía en nosotros para pedirnos hacer su voluntad. Cuando entendemos esto, el servicio a Dios se vuelve la bendición más sublime de todas, y entonces la “añadidura” que necesitamos ya no nos preocupará tanto.

Como nos recuerda Deuteronomio 28: 1-2: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra. Y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, si oyeres la voz de Jehová tu Dios”.

Sebastián Colotto

Sebastián Colotto

Es de La Plata, donde estudió la Carrera de Periodismo y Comunicación Social en la UNLP. Está casado. Es escritor, autor del blog "libro Itinerante" y del libro de cuentos cortos "En la orilla". Es co-fundador de la Asociación Civil Ecclesia Joven y editor de Siempre Reformándose.

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Sebastián Colotto

Sebastián Colotto

Es de La Plata, donde estudió la Carrera de Periodismo y Comunicación Social en la UNLP. Está casado. Es escritor, autor del blog "libro Itinerante" y del libro de cuentos cortos "En la orilla". Es co-fundador de la Asociación Civil Ecclesia Joven y editor de Siempre Reformándose.

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