Mujeres que saben reír

Por: Priscila Antonelli.

Sobre Dios y la misoginia como antónimos


Se equivocan quienes asumen que el Dios de la Biblia es misógino: probablemente nunca hayan leído este libro en atención a su unidad conceptual, sino que reproducen discursos prefabricados desde la ignorancia, o asocian el Cristianismo con esa religión que en realidad está totalmente alejada de lo que la Palabra de Dios enseña y expone. Es un dato contundente y comprobable: la Biblia está colmada de mujeres que, en contextos sumamente patriarcales, se destacaron por su dignidad, valentía, capacidades, potencia transformadora de las circunstancias. Desde la mirada de Dios, ellas son presentadas como distintas a los varones pero con igual valor. Los límites y opresiones que pesaron sobre ellas nunca estuvieron planeados por el Creador, sino que fueron producto de injusticias humanas.

En primer lugar, quiero insistir en que las mujeres pueblan la Biblia de principio a fin. Si no fueran relevantes, no se las incluiría. En segundo lugar, me interesa remarcar que ellas no aparecen meramente como personajes secundarios o parte de un paisaje, sino que se les da voz y se las muestra en acción, y muchas veces protagonizando episodios. No se las oculta, no se las niega, no se las relega. No son pasivas ni viven calladas: generalmente se destacan por sus gestos de osadía en una sociedad que las menosprecia. A continuación voy a revisar algunos ejemplos entre los muchos que existen. Para no extender el texto mucho más de lo que deseo, no voy a incluir extensas citas textuales ni analizar con profundidad cada pasaje. Se trata de un panorama general que se puede explorar con detalle en una lectura de las fuentes.

En el Antiguo Testamento


Comencemos por el principio: Génesis. Ya en los capítulos iniciales se nos da a conocer que la creación de Dios es perfecta; luego los seres humanos la corrompen, haciendo que las cosas sean distintas a las que un Dios justo diseñó. En el diseño de Dios, previo a la caída de la humanidad en el pecado, la Biblia hace notar que Adán y Eva fueron creados diferentes pero complementarios: igual de dignos, valiosos y amados para vivir en una relación de completa comunión satisfactoria con Su hacedor. El texto indica que ambos fueron hechos a la imagen de Dios, esto es, con rasgos de Su carácter, para reflejar Su gloria. Gesto sumamente significativo y que marca una pauta que se mantendrá hasta el fin del texto sagrado. Toda la historia de la humanidad posterior a la caída en el pecado mostrará destellos de ese plan intachable de Dios, pero muchas veces contaminado por la injusticia humana: la desigualdad, la opresión, la discriminación, la lucha de egos.

Avanzando un poco más en la historia, un precioso caso es el de unas parteras que atendían a las hebreas en Egipto, en un momento en que el pueblo de Israel era esclavo en esa tierra. Cuenta la historia en Éxodo 1 que el rey egipcio, preocupado por el crecimiento del pueblo subyugado, había mandado a las parteras matar a los bebés varones que nacieran. Estas mujeres fueron irreverentes, desobedecieron a una ley injusta para priorizar la vida en una tierra de muerte. Valientemente, tomaron el riesgo. Gracias a ellas se preservó a un pueblo y llegó a nacer Moisés, un niño que crecería para liberar políticamente y guiar espiritualmente a su pueblo, anticipando la figura de Jesús como Libertador supremo.

Un tiempo después se relata cómo el pueblo se prepara para dirigirse a una tierra donde Dios les había prometido que habitarían. Allí, en Josué 2, nos encontramos a unos israelitas intentando reconocer el lugar que habrían de tomar. En este marco, irrumpe en escena Rahab, nada menos que una mujer dedicada a la prostitución y parte del enemigo pueblo cananeo, con todo lo que eso podía significar. Ella se destaca por ser una mujer de acción que se arriesga y protege desde su fuerza a los hombres que en ese momento estuvieron en peligro y debilidad; ella contraviene las fronteras trazadas humanamente y está dispuesta a ayudar. En el Nuevo testamento, en el libro de Hebreos, la figura de Rahab es retomada en un listado de personas a las que se reivindica por su fe (Hebreos 11: 31).

Más adelante, en una época de altibajos espirituales para Israel, se suceden una serie de jueces que intentan cooperar con la liberación del pueblo. Entre ellos figura como gobernante Débora (Jueces 4 y 5): valiente, se levanta para cumplir su misión e incluso exhorta a un hombre como Barac a no mantenerse en la cobardía, sino animarse a realizar la tarea que les toca. Por los mismos años, aparece focalizada y como protagonista del libro homónimo una mujer llamada Rut: luego de perder a su esposo, ella se dispone, con un carácter amoroso y fiel, a acompañar a su suegra Noemí; luego también encuentra una nueva oportunidad y se convierte en esposa de un hombre llamado Booz. No deja que la adversidad la venza y derrote, sino que sigue su camino y crecimiento tras la crisis.

No sólo en narraciones como estas aparecen mujeres destacables, sino también en aquellos libros bíblicos conocidos por su forma poética, como Proverbios y Cantares. En el primero, donde se dan consejos para una vida sabia, aparece el retrato de una “mujer virtuosa” o “mujer ejemplar”: la principal característica de la mujer que noto en este pasaje es lo multifacética que ella es. En este texto se concentran algunas de las manifestaciones de la gran potencialidad de la mujer para ser y hacer: trabaja con voluntad la lana y el lino, hace compras, alimenta y abriga a su familia y sirvientes, negocia para comprar tierras, planta y ve los frutos de su tarea, se esfuerza, sus negocios prosperan, da generosamente al pobre y necesitado, es alabada por su familia. Como puede verse, no se trata de una mujer que nació para hacer una única cosa en la vida ni se encuentra totalmente confinada en un espacio cerrado. Se la nota trabajadora, previsora, protectora, solidaria, negociante, emprendedora. Es más: se declara que “Fuerza y honor son su vestidura; y se ríe de lo porvenir. Abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua” (Proverbios 31: 25-26).

De esta pequeña cita se desprenden algunas maravillas: la mujer no es el “sexo débil” (está vestida de fuerza y honor), no es una temerosa (se ríe del futuro), no se mantiene callada (abre su boca), no es ignorante ni intelectualmente desechable (su habla está signada por la sabiduría, valor muy positivo en el libro de Proverbios y toda la Biblia), no es indiferente hacia los que la rodean sino que practica desde su lugar la justicia social (se rige por la clemencia y de eso da cuenta hasta su manera de hablar).

Si nos sumergimos en Cantares, vamos a encontrar un poema donde se ilustra un vínculo de profundo erotismo entre un hombre y una mujer. Adhiero a la doble interpretación respecto al libro: como muestra de la capacidad de disfrute sexual embuido de amor que Dios diseñó para el marco de la familia varón-mujer, así como una alegoría del amor entre Cristo y la iglesia, retomada en el Nuevo Testamento. Me parece relevante señalar que, en el marco de este texto lírico, el deseo de la mujer no aparece subordinado al del hombre. No existen rasgos de cosificación sexual ejercida sobre ella ni de ningún tipo. No se incita a ninguna forma de violencia que la menoscabe. Ese deseo desbordante es mutuo. En el texto se trabaja la relación íntima, amorosa y placentera que espera ser construida por la mujer y el varón en conjunto. Ambos son sujetos de deseo y lo expresan a quienes los rodean.

Para citar algún caso más en el Antiguo Testamento, podemos recordar Nehemías 8, donde el pueblo está restaurando su espacio físico y su espiritualidad tras ser cautivos en Babilonia. Allí se narra un acontecimiento clave para ese cuerpo social: Esdras lee la Palabra de Dios ante toda la comunidad. Lo atrayente en este punto es que el líder hace una lectura “democratizante”, como diríamos modernamente: se deja bien en claro que tanto hombres como mujeres, adultos como niños, forman parte del ritual relevante para su cultura (v. 1-3). Un episodio como este me hace recordar y me conduce a la declaración del apóstol Pablo en la carta a los Gálatas, muchos años después, cuando dice que en la comunidad de la fe “Ya no hay judío ni gentil, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3: 28): en este contexto no se está negando las diferencias entre sujetos sociales, sino dando a entender que todos los que creen en Cristo son parte de la iglesia y con igual valor. Tanto en el caso del Antiguo Testamento como en el del Nuevo, se hace patente un sentido de colectividad inclusiva que se halla en el centro del diseño divino.

En el Nuevo Testamento


Ahora sí, enfoquémonos brevemente en el Nuevo Testamento, donde se nos revela la identidad y el accionar de Jesús, parámetro de la fe cristiana. Su trato hacia las mujeres refuerza lo que ya en el Antiguo Testamento se planteaba en casos como los que mencioné. Incluso antes de que Cristo naciera, se destacaba a su madre María como una mujer que daría a luz al Salvador, formando parte de ese gran propósito de Dios: aún arriesgándose a lo que de ella pudiera decir una sociedad que condenaba que una mujer soltera estuviera embarazada.

Una vez que Jesús creció, lo encontramos enseñando a las multitudes, haciendo milagros, sanando, despertando todo tipo de reacciones. Lo cierto es que su modo de vivir fue contracultural: Él no llegó para adaptarse a la hegemonía, sino para fisurarla, mostrar algo distinto, infringir reglas humanas carentes de amor, criticar la desigualdad y las hipocresías religiosas. Hizo esto en muchos aspectos: uno de ellos es la consideración de las mujeres en ese medio social. Son innumerables los casos, pero sólo citaré dos.

En Juan 4: 1-42, una de las historias que más me fascinan, Jesús establece intencionalmente un encuentro con una mujer samaritana: doblemente despreciada para ese contexto: debido a su género pero también a su procedencia (su pueblo y el judío eran enemigos). Él se acerca a ella para entablar una conversación amistosa y revelarle su necesidad espiritual. La mujer termina no sólo restaurando su relación con Dios a través del Mesías, sino también siendo un testimonio vivo de fe, una influencia espiritual para muchos samaritanos.

En Juan 8: 1-11 se muestra a Jesús en contacto con una mujer adúltera a la que los fariseos religiosos quieren apedrear desde una actitud condenatoria y de superioridad moral. Con tranquilidad, Él le dice a la mujer que no la condena: si bien la insta a que no peque más (porque entiende lo negativo de su estilo de vida) le está asegurando que ni Él, con todo su derecho divino, la hace presa de dedos señaladores.

A estos dos encuentros podemos sumar breves menciones, como el hecho de que Jesús mantuvo una profunda amistad con dos mujeres, Marta y María, así como con su hermano Lázaro (Juan 11: 5), o el acontecimiento de que las primeras testigos de su resurrección fueron precisamente mujeres (Lucas 24). Las activamente juzgadas y las ocultamente relegadas son puestas en primer plano por Jesús, amadas y excelentemente tratadas por Él. Esta inclusión de las mujeres se prolonga hasta después de que Cristo resucitara y volviera al cielo con Su Padre. En el libro de Hechos se relata la formación de la primera iglesia. En esta comunidad de fe que históricamente se está configurando, puede verse cómo toman parte activa tanto varones como mujeres: entre ellas puede destacarse a la servicial y abundante en buenas obras Dorcas (Hechos 9: 36) o a Priscila, quien junto con su esposo Aquila, enseña la profundidad de la fe a un hombre menos instruido llamado Apolo (Hechos 18: 26).

Este texto es apenas un pantallazo apretado e incompleto, y no lo planeé como un análisis exhaustivo o a un nivel más “profesional”. Aún así se puede ver una coherencia y una línea que la Biblia sigue en la totalidad de la historia que relata. Eva, las parteras, Rahab, Débora, Rut, la mujer virtuosa, la mujer deseante de Cantares, las que formaron parte de la lectura de la Palabra por Esdras, María, la prostituta, la samaritana, Marta y María, las que vieron a Cristo resucitado.

Pienso que todas estas mujeres se reirían si alguien les dijera que su Dios es un misógino. Si miraran la historia completa, incluso después de ellas, entenderían que una religión putrefacta hizo todo lo contrario a lo que nacía del corazón de Dios. Ni deificadas ni denigradas. Mujeres simplemente dignas, capaces, seguramente con errores propios de su humanidad pero con toda la potencia para ser y hacer. Diseñadas por Dios para grandes propósitos. Fisurando los sistemas que las oprimieron y acallaron. Así como en los relatos de la Biblia, en la historia posterior. Son muchas, somos muchas. En este punto de la historia estoy yo, para alzar mi voz y levantarlas a ellas también, intentando hacer justicia y mostrar un poquito de lo hermoso y coherente que es mi Dios. Amo ser mujer. Amo romper ese maldito prejuicio de la incompatibilidad entre fe y ciencia. Deseo ser una mujer de excelencia en la fe y de excelencia en la ciencia, aspectos que para mí están entrelazados. Somos mujeres: potentes, con ropas de fuerza y dignidad aunque un mundo entero quiera aplastarnos… capaces de reírnos hasta del porvenir.


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