La mano y la piedra

POR: SEBASTIÁN COLOTTO

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En un segundo todo enrojeció como si alguien hubiera corrido una cortina en el cielo. Al mismo tiempo, un vaho de aire candente le subió por las piernas debajo de su manto. El hombre quedó perplejo, no sabía dónde estaba ni cómo había llegado, sentía como si estuviera en un sueño.

Se quedó mirando directo al sol, enorme y rojo. Las nubes se desplazaban lentamente; también rojas. Bajó su mirada y frente a él estaba el Templo de Jerusalén destruido, las chispas del incendio subían como un enjambre de avispas naranjas, un instante después comenzó a descender ceniza, una nieve gris que lo cubría todo a su alrededor. A sus pies habían dos figuras humanas envueltas por un halo de luz fulgente. Entonces recordó:

—Sí, es cierto, yo estaba en el Templo con otros fariseos y escribas… y también estaba ese falso maestro enseñando al pueblo…

Luego vio en sus recuerdos la imagen de una mujer que lloraba desconsoladamente arrodillada frente a él y los otros. Miró atrás para saber si los demás aún estaban ahí, los vio envueltos en llamas. Entonces, el fariseo empezó a sentirse muy enfermo. Un agudo dolor y un hedor nauseabundo le hicieron mirar su mano derecha. Parecía podrida, igual a la de un leproso. Notó que sostenía con fuerza una piedra. Algo en su interior le decía que no la soltara por nada. Se sintió completamente sucio, condenado, merecedor de los peores sufrimientos del infierno. Lo sobrecogió una angustia inexplicable, lloró y el llanto provenía de sus entrañas.

—Cómo quisiera estar limpio, Dios mío —suspiró ahogado.

De pronto la roca comenzó a brillar como un carbón encendido. Ya no sentía dolor, aunque veía cómo se quemaba la carne de su mano.

—Si la suelto, tal vez sea limpio —pensó.

Entonces, la primera piedra cayó al suelo y luego todas las demás. El fariseo volvió en sí y notó que los que iban a lapidar a la mujer junto a él se marchaban de a poco. Aturdido por la visión y aún sintiendo una gran tristeza, también se alejó…

Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo:

—Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

Ella dijo:

—Ninguno, Señor.

Entonces Jesús le dijo:

—Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

______
Basado en Juan 8: 2-11.

Sebastián Colotto

Sebastián Colotto

Es de La Plata, donde estudió la Carrera de Periodismo y Comunicación Social en la UNLP. Está casado. Es escritor, autor del blog "libro Itinerante" y del libro de cuentos cortos "En la orilla". Es co-fundador de la Asociación Civil Ecclesia Joven y editor de Siempre Reformándose.

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Es de La Plata, donde estudió la Carrera de Periodismo y Comunicación Social en la UNLP. Está casado. Es escritor, autor del blog "libro Itinerante" y del libro de cuentos cortos "En la orilla". Es co-fundador de la Asociación Civil Ecclesia Joven y editor de Siempre Reformándose.

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