Examinar todo, retener lo bueno.

POR:
Graciano Corica

En mi corta experiencia enseñando o divulgando filosofía, no pocas veces me preguntaron cómo era que, siendo cristiano, alentaba a las personas en general y a los estudiantes en particular a cuestionarse todo a través de la filosofía. Los fines de semana en la iglesia incentivaba a confiar y a creer a quienes me tocaba acompañar, en la semana enseñaba a cuestionarlo todo. Si bien no era una cuestión tan lineal, así era como lo experimentaba. Empecé a sentir en mi propio cuerpo las tensiones de las que hablé en la primera entrega de esta serie.

Ante la insistencia de la pregunta entre esa supuesta incompatibilidad entre mi tarea como docente y mi práctica como cristiano, decidí explorar más profundamente esta tensión, tratando de ser honesto conmigo y con quienes exigían una respuesta. En esa exploración fui encontrando compañeros y compañeras de camino que me siguen ayudando a habitar estas tensiones y a habilitar estos diálogos. En el artículo de hoy voy a compartir algunas reflexiones que fui haciendo.

La Biblia ha sido para mí un libro clave y una referencia directa para casi todas las decisiones y reflexiones que me han atravesado. Es el texto que más leí y estudié desde que tengo memoria; aunque nunca resulta suficiente. Las cartas del apóstol Pablo siempre me generaron emociones poderosas y reflexiones muy profundas. Pero hay un consejo que Pablo de Tarso escribe a la comunidad de Tesalónica que empezó a marcarme el norte para poder abordar este problema fundamental en la relación entre filosofía y cristianismo: “Analicen todo, retengan lo bueno.”

Entre una serie de consejos muy prácticos e interesantes, Pablo le pide a la comunidad tesalonicense que analice todo. Algunas otras versiones dicen “pongan todo a prueba”. ¡Es brillante! No se trata de creer dogmas a ciegas, cerrando los ojos y apretandolos bien fuerte sin dar lugar a las dudas e incertidumbres que nos habitan. Pablo aconsejó a esa joven comunidad de una ciudad típicamente griega que analicen todo, que pongan todo a prueba.

El cristianismo que Pablo expone en esa carta exige poner todo a prueba, desarrollar una actitud de examen y de examinación. Es una actitud profundamente filosófica. No aceptar algo porque sí. No tomar como verdadera cualquier cosa que nos enseñan o que aprendimos en la sociedad, en la iglesia o en la escuela. Examinar todo. Pero el consejo sigue y exige: “retengan lo bueno”. Retener lo bueno pone la exigencia que caracteriza lo cristiano. ¿Cómo hago para saber que algo es bueno? Someterlo a prueba. Si hace bien es bueno. Si es bueno, retenerlo, conservalo, practicalo.

El consejo paulino contiene todavía algo más: “eviten toda clase de mal”. Si al someter algo a prueba se lo encuentra malo, hay que evitarlo. Simple, profundo, práctico. Un consejo que, con otras palabras y matices, podemos encontrar en filósofos tan distintos y lejanos en el tiempo como Aristóteles, Séneca o Spinoza. Ahí es donde empiezan a surgir mis dudas: ¿qué pasa si alguien practica este principio por convicción filosófica y no por consejo apostólico?, ¿hay alguna diferencia?

Si no la hubiere, ¿esto iguala la práctica cristiana con el ejercicio de una ética producto de la reflexión filosófica?

San Ambrosio, en su afán de sintetizar el naciente cristianismo con la sabiduría que se había desarrollado en su tiempo afirma algo muy interesante: “Toda verdad, sea quien fuere que la predique, proviene de Dios”. Gracias a la prédica de San Ambrosio llegó a la luz del evangelio el gran San Agustín de Hipona, cuya búsqueda de la verdad lo llevó al cristianismo.

San Agustín afirmó que el amor a la sabiduría es amor a Dios y que “la sabiduría no es otra cosa que la medida del espíritu”. Para él, la finalidad de la vida piadosa no es otra cosa alentar al amor y a la justicia. Lo mismo que piensa Spinoza. ¿Estamos afirmando entonces que la filosofía y el cristianismo llevan a la misma verdad por diferentes caminos? No nos apuremos tanto.

La pregunta no es inocente. Las palabras tampoco. Considero que hay que poner el foco en un problema por el que la filosofía siempre se interesó y con el que últimamente se ha distraído un poco: el problema de la verdad. Verdad es una palabra fuerte. Los griegos lo sabían y por eso es que discutieron muchísimo sobre la cuestión.

Foucault explica en sus clases sobre la hermenéutica del sujeto que para el pensamiento antiguo toda filosofía implica una espiritualidad. Los griegos tenían claro que toda experiencia con lo verdadero, lo bello y lo bueno es una experiencia con lo divino. Si se la asume con honestidad y seriedad, el amor por el saber es una actividad espiritual. Es decir, implica un compromiso con cierto modo de vida.

Soren Kierkegaard, uno de mis amigos y compañeros de camino, afirma que “lo cristiano no se relaciona con un conocer sino con un obrar”. No alcanza con hacer una profesión de fe para asumirse cristiano, sino que se trata de poner por obra aquello en lo que se deposita la fe. La fe sin obras está muerta. Lo poco o lo mucho que entienda un cristiano que se precie como tal lo lleva a darse la tarea inmediatamente: la fe obra por amor.

En este punto, Kierkegaard se vuelve crítico del modo filosófico de preguntar, que muchas veces queda detenido en la pregunta y no se compromete inmediatamente con la tarea. El escritor danés afirma que hay en ese modo filosófico de abordar la vida una astucia de la razón que resulta evasiva. ¿Será que la filosofía abandonó su potencia espiritual por quedarse distraída en su propia astucia? Pero el cristianismo quiere ser más que un modo de preguntar, quiere ser una respuesta, ¿esto iguala la práctica cristiana con el ejercicio de una ética producto de la reflexión filosófica?

Ahora bien, si lo cristiano se trata de poner por obra, ¿dónde queda el amor al saber que tanto profesa la filosofía? Se me viene a la mente otra de las numerosas afirmaciones del apóstol que resulta esclarecedora: “el conocimiento envanece, pero el amor edifica”. Será cuestión de esperar a una próxima reflexión para ver qué podemos extraer de ahí.

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Graciano Corica

Graciano Corica

Es profesor en ciencias de la educación y licenciado en ciencias sociales y humanidades. Actualmente, cursando la maestría en filosofía en la UNQ. Está casado y tiene dos hijos. Se dedica a dar talleres, cursos y charlas sobre temas filosóficos en diálogo con la experiencia espiritual en general y con el cristianismo en particular.

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Graciano Corica

Es profesor en ciencias de la educación y licenciado en ciencias sociales y humanidades. Actualmente, cursando la maestría en filosofía en la UNQ. Está casado y tiene dos hijos. Se dedica a dar talleres, cursos y charlas sobre temas filosóficos en diálogo con la experiencia espiritual en general y con el cristianismo en particular.

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