“Extra Ecclesiam nulla salus” | ¿Ir a la iglesia o ser iglesia?

POR:
Pablo Arias

Tal vez la frase no parezca conocida en nuestro idioma más que en su idioma original, Extra Ecclesiam nulla salus fue concebida por el Concilio Vaticano II, y en simples palabras significa: “si no vas a la iglesia no tenés salvación”. Esta frase se impuso como un dogma. En el año 1653, la Iglesia de Roma consideró herejes a todos aquellos que afirmaban que Cristo murió por todos los hombres (gracia incondicional) fuera de la Iglesia, ya que ésta era el medio por el cual dichos hombres alcanzaban la salvación.

Al respecto, el Papa Juan Pablo II afirmó, al defender lo ya declarado en el Concilio Vaticano II, en la Encíclica Redemptoris missio:

La Iglesia profesa que Dios ha constituido a Cristo como único mediador y que ella misma ha sido constituida como sacramento universal de salvación […] Es necesario, pues, mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”.

Seguramente todo esto nos parece una locura, una herejía, si lo analizamos desde un ámbito evangélico, en el cual jamás alguien nos enseñó que para ser salvos necesitamos ir a una iglesia, o por lo menos no fue enseñado de forma implícita.

Considero fundamental realizar dos preguntas para poder reflexionar sobre la relación cristiano/iglesia; la primera es: ¿Cuánto necesito de la iglesia para tener salvación? y el otro interrogante es el siguiente: ¿Puede el cristiano prescindir de una iglesia o comunidad de fe?

Más de una vez, nos hemos sentido mal si no vamos regularmente a la iglesia; sentimos que nuestra fe decae, y, por otro lado, sentimos que nuestra fe se juzga en relación a la asistencia que tenemos en las reuniones del lugar donde nos congregamos.

A la primera pregunta, la respuesta es contundente: No, nada podemos hacer para poder obtener salvación, solo debemos creer y aceptar a Cristo, confiando en que su sacrificio es más que suficiente para salvarnos; por más que tengamos asistencia perfecta a una iglesia, no podremos obtener redención por nuestros pecados. 

La segunda pregunta es más complicada de responder. Tal vez, para poder aproximarnos a una respuesta, debemos preguntarnos nuevamente: ¿La iglesia es un espacio específico, en un tiempo establecido, un día en la semana? Hace un tiempo alguien me dijo: “Me encanta que en la iglesia haya reuniones en horario de mañana, así no me corta la tarde y puedo ver el partido, salir con amigos, disfrutar las tardes de domingo”. Lo que me dijo no es muy alejado de lo que muchos conciben como iglesia: un lugar para adorar y escuchar la predicación de la Biblia, para luego regresar a sus actividades.

En Hechos, capítulo 4, encontramos una descripción de la vida comunitaria de la primera iglesia, que nos traerá una respuesta al interrogante que estamos tratando:

“La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos”. 

La iglesia era de un corazón y un alma. Esto los llevaba a despojarse de sí mismos para servir a los demás. No estaban preocupados por seguir a rajatabla un programa de domingo. Ellos, simplemente, eran una comunidad que se diferenciaba de las demás, y los de afuera podían notarlo.

Una segunda característica que se desprende de esta iglesia es que “tenían todas las cosas en común”, y eso se replicaba todos los días de la semana. Podemos deducir que se amaban tanto, que solo les importaba poder compartir todo lo que tenían, y no les alcanzaba con un día solamente. Se
preocupaban por estar unidos para poder proclamar en las calles a Jesús, y por todo eso recibían abundante gracia.

Esto me llevó a concluir que debemos repensar la iglesia. Hoy estamos muy metidos paredes adentro, resolviendo nuestros conflictos, intentando mil estrategias que se desvanecen con el paso del tiempo. No quiero tener una mirada pesimista sobre la iglesia, porque entiendo que Cristo sigue gobernando en ella. Pero me encantaría volver a esos tiempos en donde el amor al prójimo los desbordaba por encima de todo, y compartían unos a otros de Cristo, para que lo mismo se replicara en aquellos que nunca lo habían oído. Pienso en una iglesia que deje las formas para que Cristo llene todo y a todos, y eso se contagie a una sociedad que necesita imperiosamente a un Salvador.

Puede que la frase Extra Ecclesiam nulla salus, sea una exageración, pero a veces tendemos a limitarnos al servir dentro de la iglesia, para la iglesia y por la iglesia en sí, sin tomar dimensión a quién servimos, para qué servimos y qué debemos cumplir en nuestro servicio a Dios. Él está más allá de todo.

No tengo dudas que necesitamos una comunidad de fe, pero tiene que ser una comunidad en donde podamos amarnos, aún en las diferencias. Donde el amor de Dios sea una constante entre todos, y un lugar para animarnos unos a otros a compartir a Cristo a todo el mundo. Seguro recibiremos abundante gracia.

Hay unas palabras que pronunció Bonhoeffer sobre la iglesia, que las quiero citar, porque resumen de manera perfecta lo que quise expresar en este artículo:

“La iglesia sólo es iglesia cuando existe para los demás. Para empezar, debe dar a los indigentes todo cuanto posee. (…) La iglesia ha de colaborar en las tareas profanas de la vida social humana, no dominando, sino ayudando y sirviendo. Ha de manifestar a los hombres de todas las profesiones lo que es una vida con Cristo, lo que significa ser para los demás”. 

Que Dios nos ayude a ser esa iglesia que Él soñó y diseñó desde la eternidad.

 

Pablo Arias

Pablo Arias

Es de Mar del Plata, y reside en La Plata. Es Profesor de Historia, Bachiller en Teología del Seminario Ministerial y Teológico de la Unión Evangélica Argentina y Profesor de Historia del cristianismo.

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Pablo Arias

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Es de Mar del Plata, y reside en La Plata. Es Profesor de Historia, Bachiller en Teología del Seminario Ministerial y Teológico de la Unión Evangélica Argentina y Profesor de Historia del cristianismo.

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