Cuando predicamos violencia de género

POR:
SILVINA REPULLO

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“El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”

 

En 1994, la Organización de Estados Americanos celebró la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, conocida como Convención de Belém do Pará. En esta convención los Estados firmantes se comprometen a crear y promover, por primera vez, mecanismos de protección y defensa de los derechos de las mujeres contra el fenómeno de la violencia hacia su integridad física, sexual y psicológica, tanto en el ámbito público como en el privado, y su reivindicación dentro de la sociedad.

Esta Convención define la Violencia de Género de la siguiente manera: 

“Debe entenderse por violencia contra la mujer cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado” (Artículo 1).

El artículo 2 define tres “tipos” o  “ámbitos” en los  que estas violencias se ejercen: el ámbito doméstico o privado, el ámbito comunal o social, y la violencia que es tolerada, perpetrada y avalada por el Estado.

La violencia de género es la que sufren las mujeres por el solo hecho de ser mujeres (por cuestión de género), y se incluyen las perpetradas contra su integridad física, sexual y psicológica.

La violencia de género toma su mayor y más terrible expresión en lo que conocemos como femi(ni)cidios. El femicidio es el término técnico para designar un asesinato de una mujer a causa de un otro. En cambio, feminicidio es el concepto que define que esa mujer fue asesinada por el simple hecho de ser mujer, y no sólo eso, sino que hay un sistema que de alguna manera es cómplice de esa muerte, un crimen de estado, que se produce por la tolerancia de la violencia de género, y que, mayormente, favorece la impunidad que conlleva asesinar mujeres solo por su género; ya que unas de sus características es la falta de esclarecimiento y castigo a los culpables (1).

Preguntas para la reflexión

Al momento de escribir este libro, las estadísticas muestran que en el último año hubo 287 feminicidios: Madres, amigas, hermanas, hijas. Como mujeres, que afirmamos creer en el Dios de la vida, nos preguntamos: ¿Qué imagen de Dios transmitimos que es cómplice de este terrible horror? ¿Cómo podemos contribuir al cese del feminicidio?

Recuerdo que hace unos años tuve la oportunidad de acompañar pastoralmente a una adolescente de unos 18 años que estaba pasando por una situación de violencia psicológica con su novio en ese momento. Ambos eran miembros de una iglesia evangélica y ella estaba muy angustiada por “las peleas constantes” que tenían. Charlando con ella un día, me decía que tenía esperanza de que él cambiara y que ella sabía que tenía que mantenerse en oración y no separarse, porque: “el amor todo lo soporta, todo lo espera…”

¿Cómo fue que la predicación de la palabra de Dios se tradujo en tortura y sufrimiento para esta adolescente? ¿Cuántas mujeres más sufren la violencia de sus cónyuges porque ellos son “la cabeza” de sus casas? ¿Cuántas murieron a manos del “amor de su vida” porque fueron invitadas por sus pastores a “perdonarlos como Dios nos perdona”? 

Pensando un plan de acción para la Iglesia

Podríamos hacer un largo análisis crítico de la historia de la interpretación de los textos bíblicos del “terror” o del “Dios de la violencia”. Pero en lugar de eso, preferimos pensar qué podemos aportar para cambiar esta mentalidad. A continuación, dejamos cuatro ideas que pueden ser orientativas. Están adaptadas del Plan de acción de la Federación Luterana Mundial, en el Documento: “Las iglesias dicen ‘no’ a la violencia contra la mujer. Plan de acción para las iglesias“, del que recomendamos su lectura:

  • Hacer de la iglesia un lugar seguro donde se garantice a las mujeres que sufren violencia y sus hijos e hijas un lugar de protección, respeto y empoderamiento para enfrentarla y tomar decisiones en libertad. Dar capacitación primero que nada a los líderes de las iglesias, pastores, sacerdotes, sobre esta temática. Pueden servir los materiales preparados para la aplicación de la Ley Micaela en nuestro país.

  • Tener protocolos de acción y acompañamiento para las mujeres que se acercan a las comunidades cristianas o que forman parte de ella buscando seguridad, apoyo y acompañamiento, liberando juicios y prejuicios y cuidando no revictimizar. Conocer y tener contacto con los Centros Integrales de la Mujer, agentes del 144 o Asociaciones que rápidamente puedan orientar nuestro accionar.

  • Incluir en los programas de formación, catequesis, PJ, Cursillos Prematrimoniales, predicaciones, sobre temas relacionados con la violencia contras las mujeres como una realidad no querida por Dios y que, como cristianas y cristianos, hemos de erradicar implicándonos también en ello en las iniciativas de la sociedad civil. Puede ser una buena idea fijar en los calendarios eclesiales las fechas internacionales que buscan prevenir la Violencia, como el 8 de Marzo o el 25 de Noviembre, y realizar actividades de concientización.

  • Formación bíblica en claves que faciliten las lecturas de los textos, más allá del marco patriarcal en el que fueron escritas, para que puedan ser interpretados como Buena Noticia para la liberación de las mujeres. Círculos bíblicos de lectura de pasajes conflictivos, marcándolos como violentos pueden ayudar a que muchas personas expresen e identifiquen en sus propias vidas la violencia que sufren y que tienen normalizada. No debemos tener miedo de denunciar los textos de terror que aparecen en la Biblia.

Dios sufre con las mujeres. Por eso anhelamos ser parte de Iglesias empáticas, que puedan sentir este dolor y ser un lugar de refugio, empoderamiento y salvación para todas las personas.

 
 
SILVINA REPULLO

SILVINA REPULLO

Vive en la Ciudad de Buenos Aires. Es Profesora en Ciencias Sagradas por el SITB. Es Bachiller en Teología por la Pontificia Universidad Católica Argentina. Es Miembro del Programa de Estudios, Investigaciones y Publicaciones Teologanda. Coautora del libro “Feminismo y Teología Cristiana: una oportunidad de encuentro”, publicado por Ed. Ecclesia Joven.

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SILVINA REPULLO

SILVINA REPULLO

Vive en la Ciudad de Buenos Aires. Es Profesora en Ciencias Sagradas por el SITB. Es Bachiller en Teología por la Pontificia Universidad Católica Argentina. Es Miembro del Programa de Estudios, Investigaciones y Publicaciones Teologanda. Coautora del libro “Feminismo y Teología Cristiana: una oportunidad de encuentro”, publicado por Ed. Ecclesia Joven.

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