Creer con la fe de los niños

Por: Sebastián Colotto.

¿Alguna vez corrieron el arcoíris con la esperanza de poder alcanzarlo? Soy de los que pueden decir que sí. Esto pasó realmente. Tendría unos cinco años y estaba con mi grupo de amigos en el barrio donde me crié. En verdad nos parecía que podíamos alcanzarlo, por lo menos yo estaba plenamente convencido. Mientras calculábamos en qué calle más o meno s estaría nos parecía que se nos iba cada vez más lejos. Habremos corrido unas 10 cuadras hasta que nos dimos cuenta que nos habíamos alejado demasiado así que fuimos volviendo cada cual a su casa pensando que tal vez estuvimos cerca de encontrarlo.

Cuando uno es adulto ya sabe que el arcoíris no se puede alcanzar, no hay ninguna magia en eso, y hasta puede explicar cómo es que se forma y por qué es que podemos verlo. Está ahí, puede verse y con eso es suficiente sabiendo que no puede alcanzarse y claro, a esta altura tampoco lo necesitamos.

Pero ahora a muchos nos pasa algo alegóricamente parecido como si esa obsesión de uno cuando es niño también hubiese madurado junto a nosotros, me refiero al tema de la Verdad. Un tema que en la actualidad está en pugna, de un lado por quienes aseguran que ella está cerca y es asible, y por otro, por los que llegan a “afirmar” que no existe, que sólo se trataría de una especie de ilusión, incluso algo en lo que nos hicieron creer.

En estos tiempos de la “posverdad”, donde las emociones pesan más que los argumentos, la verdad hegemónica sostiene que como cada uno tiene su propia verdad, cada perspectiva debería coexistir con las demás sin que ninguna prevalezca sobre otra. Como “la verdad es relativa”, por eso debería imperar la tolerancia. No está mal a simple vista, pero la coexistencia de muchas verdades no es algo que suene del todo posible, incluso suena algo hipócrita ¿Cómo se vive en un mundo donde hay tantas verdades como personas?

Soy de los que creen que la libertad se expresa en la espontaneidad, es decir, en la capacidad que de hacer algo impensado, algo fuera de lo “normal”, de disentir. Eso es, precisamente lo que nos hace no sólo diferentes sino también únicos. Es necesario que existan las diferencias porque parece ser la mejor forma en que podemos alcanzar una verdad superadora, de ponernos de acuerdo; o al menos intentarlo.

Del mismo modo es necesario que exista el diálogo y el intercambio franco y transparente de ideas; una verdadera tolerancia que nos ayude a descubrir en el discurso de los demás que no somos los dueños de la Verdad ¿Imaginan una sociedad así donde cada uno tenga la capacidad de dejar de lado sus intereses, su propia “verdad” para escuchar empáticamente a los demás?

¿Cuál es el miedo?, ¿darnos cuenta que los equivocados éramos nosotros?

La verdad y la iglesia

Para el cristianismo esto debería ser un problema menor, ya que para nosotros “la Verdad” no es más que una persona: Jesús el Cristo. Sin embargo, da la impresión de que el día que la Verdad comenzó a habitar en nosotros, también empezamos a pensar que era nuestra, que éramos sus dueños y en definitiva terminamos ocupando su lugar.
Sólo me pregunto por qué Dios en su eterna sabiduría es tan celoso de su Verdad absoluta, por qué la tiene tan reservada y nos deja a tientas siendo sabios en nuestra propia opinión, discutiendo como si en verdad supiéramos todo, sabiendo en definitiva poco y nada.

El problema es que la Verdad es tan vasta que es imposible conocerla tal cual es; para las personas sin Dios esto es igual a sostener que la verdad se puede alcanzar mediante, por ejemplo el método científico, mientras que para un creyente esto equivaldría a conocer a Dios tal cual es; ninguna de las dos cosas parecen ser posibles.
Es entonces que nos quedamos, porque no nos queda más, “como viendo al invisible” (¡Miren, acaba de aparecer la fe!). Pero creer en algo que no se ve, sostener una hipótesis que no fue comprobada por la razón, no es sólo propiedad de la religión. Es la fe lo que, a veces de maneras imperceptibles y en circunstancias aparentemente inusuales, suplanta a toda verdad que aún no pudo ser demostrada.

Dos formas de conocer la verdad en la iglesia

No podríamos conocer la Verdad tal cual es, porque si lo hiciéramos nos estaríamos igualando a Dios. Por eso (incluso) el cristianismo se propone dos formas de acercarse a la Verdad: la revelación divina y la interpretación comunitaria. Como bien se refleja en Efesios 4: 11-16 o en 1 Corintios 14: 29-33, donde el apóstol Pablo le otorga el valor principal a la asamblea para evaluar las verdades que traigan las revelaciones.
En este punto, alguno podría citar el pasaje del libro de Jeremías (31: 31-34) que dice que Dios, después de poner su Ley en nuestros corazones, “no enseñará más ninguno a su prójimo (…) porque todos me conocerán”. Pero esto no significa que podemos prescindir de la comunidad sino todo lo contrario, quiere decir que cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo tienen el mismo don de conocer a Dios personalmente; no ya sólo un grupo de “iluminados”. Es un don que dignifica a la vez que iguala.

¿Por qué pretender que la Verdad es nuestra o vivir como si lo supiéramos todo?, ¿de qué nos asombraríamos? Si así fuera, no necesitaríamos crecer, aprender o enseñarnos los unos a los otros. Es sabido que hasta los más sabios de todos alguna vez expusieron su queja contra Dios pero ¿qué enseñanza nos dejaron en su expectación para que podamos continuar haciendo crecer la sabiduría que nos legaron? Ellos se volvieron, después de tanto conocimiento comprendieron que podían ver a Dios en cosas más simples (Eclesiastés 12:13), un Dios que se alegra con nosotros tanto en los grandes descubrimientos como en los detalles irrelevantes de la vida.

Conclusión

A veces miro hacia atrás, a los años de la niñez y me gustaría volver a tener esa esperanza, esa fe tan simple ¿Será que Cristo cuando nos pedía ser como los niños se refería a recuperar esa capacidad perdida de creer en algo con tanta plenitud sin tantos cuestionamientos?

Nos encanta saber más, nos encanta argumentar. Nos encantaría conocer la irrefutable e irresistible Verdad absoluta pero nos perdemos entre tantas verdades. Tanto conocimiento. El todo nos avasalla. Es que Dios nos hizo para conocer, para conocerlo a Él y conocerlo en comunidad. “Teme a Dios y guarda sus mandamientos”, concluye el sabio “porque esto es el todo para el hombre”.

Ya sabemos que el arcoíris no se puede alcanzar, nunca encontraremos la famosa olla de oro que lo produciría, pero eso no quiere decir que no exista. El arcoíris está ahí, como la Verdad, tal vez para que sepamos que existe aunque no lo podamos alcanzar.

Dios no nos impone su verdad, tampoco deberíamos imponer la nuestra.

Por cierto:

  • Jesús le dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino es por mí” (Juan 14:6).
  • “Esto es lo que he comprobado: que en esta vida lo mejor es comer y beber, y disfrutar del fruto de nuestros afanes. Es lo que Dios nos ha concedido; es lo que nos ha tocado” (Eclesiastés 5:18).
  • “Pude ver todo lo hecho por Dios. ¡El hombre no puede comprender todo lo que Dios ha hecho en esta vida! Por más que se esfuerce por hallarle sentido, no lo encontrará; aun cuando el sabio diga conocerlo, no lo puede comprender” (Eclesiastés 8:17).
  • “El fin de todo este discurso es que ya se ha escuchado todo. Teme, pues, a Dios y cumple sus mandamientos, porque esto es todo para el hombre” (Eclesiastés 12:13).

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